Por Juan Jiménez García.
Joseph Roth. El mundo de entonces, por Juan Jiménez García
Reconozcamos que hay un poco de lío con los cuentos o relatos de Joseph Roth. Lío editorial. No pocos de los reunidos por Páginas de espuma en esta edición aparecieron con anterioridad como libro (desde La leyenda del Santo Bebedor hasta El jefe de estación Fallmerayer, pasando por El Leviatán y tantos otros), lo cual puede dar la impresión de que el escritor austriaco tenía una obra larga, pero no, no demasiado. Es más: esta edición viene a poner orden y ese orden resulta revelador. Porque sí, hay una cierta lógica en su escritura. Sus primeros relatos entroncan directamente con el Roth periodista. Podrían ser incluso artículos periodísticos, y no porque sean más una crónica, sino porque sus crónicas eran muy narrativas. La diferencia es la existencia o no de los personajes o las situaciones narradas. Andrea Wanzl, basado en un profesor conocido, es tan real como cualquier hombre de ese tiempo retratado por el periodista. Esa era una de sus habilidades. Convertir la realidad en literatura y la literatura en realidad; igual con Barbara o el aguador Mendel. Un simple cambio de tiempo verbal y se materializarían, en aquel tiempo, esos años de guerra, de final de la guerra, de un imperio Austrohúngaro que desaparecía, hecho pedazos, pedacitos. En El busto del emperador quien sabe si ese conde Franz Xavier Morstin no es el propio Joseph Roth. Al menos, le entrega sus pensamientos sobre los nacionalismos, sobre las oportunidades perdidas, sobre ese cambiar de país sin moverse del mismo lugar, esa desorientación y melancolía. Ir a la deriva. Lo escribió en 1935. Olvidar, no olvidaba.
Entonces, se produce una especie de cambio. Su manera de afrontar los relatos se vuelve, por momentos, chejoviana. Como si estuviera ocurriendo un desplazamiento entre el cronista y el escritor. No es raro. En 1923 aparece su primera novela, La tela de araña, que también estaba como en tránsito. De alguna manera tiene su lógica. En los relatos de Roth, el peso recae sobre los personajes, unos personajes fuertes, que dominan toda la narración. Son hombres, mujeres, enfrentados al destino. Con el tiempo, a la derrota. Desde esos tempranos Wanzl y el viejo Mendel hasta el jefe de estación Fallmerayer, el vendedor de corales Nissen Piczenik y, desde luego, el Santo Bebedor Andreas. Sus sueños van mucho más allá de la realidad, una realidad que no deja de golpearles o burlarse de ellos. No tarda en encontrar su camino, de entroncar este con sus novelas. Entre medias, se van quedando relatos inacabados, pero van surgiendo otros que reclaman un lugar mayor en su obra literaria (lo que hace que funcionen incluso como novelas breves). Hay algo que amalgama todos sus oficios y todos sus intereses. Sus historias funcionan a la manera de parábolas, como si toda acción tuviera sus consecuencias y que incluso estas son inevitables. En ese sentido, es emblemática La leyenda del Santo Bebedor, pero podrían ser otras tantas. Los significados se multiplican, hasta alcanzar lo simbólico. En ellos no encontramos el peso de la nostalgia de sus novelas. Ni tan siquiera la situación política, salvo algunas pinceladas. Podríamos decir: cuentos morales. La melancolía no es por un tiempo que se desvanece, que también, sino más bien por unas vidas que se van desdibujando, deshilachando.
Una edición importante, pues, esta de sus cuentos, que viene a sumarse a su ingente y maravillosa (sí, esa es la palabra) obra periodística y sus novelas, hasta conformar a uno de los autores más importantes y completos de entreguerras, no solo por su calidad literaria sino también por su retrato de aquellos años que vivió, aquellos otros que intuyo y aquello que perdió por el camino, ese camino breve y dificultoso. Un trayecto lleno de heridas, de confianza en algún momento, de alegría de vivir en otros, de una tristeza insuperable en algunos más. Vivir, para Joseph Roth, fue eso: el mundo de entonces.






