Por Javier Mattio.
FUENTE: https://www.clarin.com/revista-n/fernanda-trias-miedos-tangibles_0_q4CXqBYeQl.html
Fernanda Trías y esos miedos tangibles
- En Miembro fantasma, su nuevo volumen de cuentos, Fernanda Trías retorna a sus primeras obsesiones al mismo tiempo que abre otros horizontes.
- Una entrevista.
Disgregada en la brevedad del cuento, Fernanda Trías (Uruguay, 1976) resume una estela de 25 años en Miembro fantasma, concentración de voces y escenarios que parecen volver sobre su origen tras la expansión novelística de Mugre rosa y El monte de las furias. En una línea transversal que la enlaza con los relatos de No soñarás flores (2016) y la iniciática La azotea (2001), Miembro fantasma retoma la angustia rioplatense de aquellas obras y se abre a la incerteza de un nuevo paisaje –Trías vive desde hace unos años en Bogotá–, así como a cierto desenfado metaliterario.
No es otro el ánimo de “Personaje en construcción”, una ironía sobre el abismo entre sexos donde una escritora busca probarse en el campo literario transmutando su vida en la de un “Señor Escritor” con mayúsculas, uno “prolífico, versátil, que se mueve con soltura en todos los géneros” y que se opondría a la lentitud de la narradora, que alguna vez se le atribuyó a la propia Trías. En otros casos la escritura de ficción sirve de código doloroso entre amigas o amantes, motivos para el reproche o la reconciliación con el pasado, fábulas que corren en paralelo con existencias no menos intangibles.
La extrañeza opresiva y al borde de lo onírico que ha caracterizado a Trías pervive sin embargo en algunas piezas, en especial en la levreriana “El orador”, sobre una sociedad de submundo que se lee como una desconcertante pesadilla. Una tétrica Montevideo de dictadura es recreada con descarnada acritud en “Miembro fantasma”. Trías, no obstante, acompaña el desplazamiento algo nómade que marca su biografía con relatos muy distintos que suceden en Colombia, donde el narcotráfico, los ajustes de cuentas o las fricciones de clase se tiñen de un tono paradójicamente jocoso, picaresco, que acusa un horizonte imaginario en mutación.
De fondo y a pesar de sus oscilaciones lúdicas, Miembro fantasma sostiene esa falta tan palpable en los libros de Trías, un pesar que da tono y forma a sus relatos envolventes y despojados. “Ese repertorio de angustias son mis obsesiones y miedos que no me abandonan. Si escribir sirviera para exorcizar algo, a estas alturas ya estaría dada de alta (risas). Cuando escribo cuentos no me preocupa encontrar un hilo temático para que el libro quede perfectamente amarrado. Lo que los une es ese tono, ese universo reconocible. Hay una determinada mirada que, con suerte, es identificable y permea los cuentos. Lo demás es anécdota”, apunta la autora. Y completa: “Quería organizar este libro en torno a la metáfora del ‘miembro fantasma’, una presencia sin cuerpo: algo que no vemos pero que condiciona la postura, la voz, la escena. Gran parte de lo que escribí tiene que ver con lo que queda latiendo después de una pérdida e insiste, aunque no tenga nombre. En algún momento me puse a investigar sobre el síndrome del miembro fantasma: cómo alguien puede seguir sintiendo, aun con dolor, una parte que ya no está. Me impactó esa idea. El cerebro se resiste a la pérdida, tiene que reconfigurar una nueva imagen del cuerpo desde la ausencia, y ese proceso rara vez es limpio o lineal. Mi escritura vuelve una y otra vez a ese punto: a los residuos de lo vivido, lo que no acaba de irse”.
–Planteás una dualidad explícita entre lo femenino y lo masculino literario que le da otra acepción a ese “miembro fantasma”. ¿Qué motiva el gesto?
–A las escritoras se nos pregunta mucho sobre qué hace diferente a la narrativa escrita por mujeres. Antes, y durante años, me preguntaban si existía una literatura “femenina”. Me cansé de responder a esa pregunta. A veces me tomaba el trabajo de refutarla, otras veces soltaba un chiste. Tal vez desde el humor se puedan elaborar mejor algunas cosas. Lo metaliterario no es un guiño autorreferencial, sino una forma de exponer el dispositivo: quién habla, con qué autoridad, qué se considera “universal” y qué “de género”. Hoy escribir deliberadamente desde el género es insistir en esa zona de ambivalencia: mostrar que el binarismo es una trampa cultural y que el cuento –por su precisión y lo que sugiere más que lo que explica– es un buen territorio para tensar esas categorías.
–El arco temporal del libro va de la caída de las Torres Gemelas a la pandemia. ¿Qué cambios operaron en vos y tu obra entre esas fechas?
–Entre 2001 y la pandemia cambiaron muchas cosas, sobre todo mi relación con el miedo y la forma de contarlo. Los relatos ligados a Uruguay trabajan con el encierro: la familia, la casa, lo que se calla. En Colombia aparece la intemperie, aunque sea claustrofóbica de otra manera: una precariedad, una indefensión ante fuerzas sin nombre, donde ni siquiera se llega a saber quién ejerce la violencia. Ahí hay una opacidad distinta. Y esa impunidad –diferente a la que conocemos por la dictadura– te empuja a buscar otras estrategias: el humor, el absurdo, esa zona donde la violencia se torna cotidiana y, por eso, casi inverosímil. Hay cuentistas que me interesan mucho por cómo trabajan esa mezcla: Isidoro Blaisten, Rodolfo Wilcock, Rodrigo Rey Rosa.
–La excepción es “Miembro fantasma”. Regresa a una realidad histórica y política que coincide con tu infancia. ¿Qué te llevó a escribirlo?
–Me llevó tiempo entenderlo, porque sin duda en ese relato está el núcleo del dolor. Y ya sabemos que de lo que no se puede hablar hay que callar. Pero yo necesitaba escribirlo y no encontraba cómo. Estaban esos recuerdos vinculados a la escuela, al barrio y la calle Chaná, donde crecí. Recuerdos de los años vividos en dictadura y los horribles y grises años posteriores. Mi padre era médico y una vez se sintió amenazado en el trabajo. Por esa época se habló de que, si la cosa empeoraba, él iba a escaparse al Brasil. Son recuerdos borrosos, rumores, pero de ahí nacieron el miedo, los silencios tensos y la oscuridad que iban a marcarme. Es un cuento que va a las raíces de mi escritura. Crecí con miedo, aunque nadie me decía nada, o tal vez porque nadie me explicaba nada. Todo lo intuía a través de los murmullos de los adultos. Ahora que lo pienso ese dolor es el verdadero miembro fantasma, o al menos el original.






