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Revista Ñ reseña El cuerpo roto

Por Verónica Boix.

SHUA Y EL TEXTO
VULNERABLE DEL CUERPO

La aventura de habitar un cuerpo a la deriva de la enfermedad, los accidentes y el tiempo encarna el corazón de los cuentos reunidos en El cuerpo roto, de Ana María Shua. Son doce narraciones que evitan los lugares de héroe y victima, y en ese territorio tan humano dejan a la vista la fragilidad de la experiencia frente a la certeza de la muerte. 

En el pasaje de la autobiografía a la imaginación, los primeros relatos pa­recen explorar una zona incierta, sin bordes firmes. De hecho, el primer cuento, «Un canto a la vida», resulta el más cercano a la biografía personal de Shua. Una mujer padece cáncer y me­tástasis y, a medida que los transita, re­gistra el proceso. La voz en primera per­sona es íntima, por momentos irónica, por momentos desesperada, y genera una ilusión de realidad tan cercana que resulta dificil separar a la narradora de la autora. 

Le sigue «Rita y el doctor», donde una escritora se reencuentra con el psicoa­nalista de su juventud. Al parecer, él la admiraba más de lo que ella pensaba. Es un diálogo delirante y mordaz, lle­no de humor, que explora el modo en que el tiempo y la memoria nos trans­forman. En un registro distinto, que también borra los límites entre ficción y no ficción, el tercer cuento, «Casi una crónica», aborda la noche en que una autora acompaña a los médicos de la guardia de un hospital público para es­cribir, precisamente, una crónica.

No todos los cuentos producen el mismo efecto de lectura, pero sí, en su conjunto, dejan a la vista la imposibi­lidad de delimitar con certeza qué es real y qué no lo es. Por ejemplo, en «Téc­nicas modernas», una pareja joven quiere tener relaciones sexuales por primera vez. Es la década del 60 y el tema no es fácil. Así, la narración va de la experiencia de Celia y Hernán a los fragmentos del manual Técnicas se­xuales modernas, que el chico lee pa­ra prepararse. El libro es real y la pareja parece ser imaginaria; sólo que la aso­ciación que hace el relato es tan preci­sa que refleja el modo en que las falsas creencias y las reglas sociales contami­nan los vínculos más íntimos. 

No es extraño que el cuerpo sea el vínculo entre las historias. El tema es­tá presente ya desde su primera novela, Soy paciente. En un tono absurdo, si­gue las peripecias de un hombre inter­nado en un hospital. Podría ser casua­lidad, claro, que la cuestión de los en­granajes de la atención médica, las en­fermedades y las batallas por sostener la experiencia física hayan reapareci­do una y otra vez en sus narraciones.

Es imposible, a esta altura de su tra­yectoria, enumerar las novelas, los cuentos y las micro ficciones que ahon­dan en esta cuestión. Aun así, basta mencionar su célebre primer libro de cuentos, Los días de pesca, en particu­lar el relato del mismo nombre, que mediante una voz infantil entrañable narra los días de pesca con su papá en Miramar y entrelaza esos momentos con las visitas que ella le hace de adul­ta, mientras él agoniza en el hospital.

A esta altura no hay dudas: Shua es una de las narradoras más grandes de Latinoamérica. Buscadora incansable, maestra en el arte del extrañamiento y, sin embargo, capaz de una humildad que en estos nuevos cuentos toma la forma del trabajo con lo mínimo: los personajes comunes, los detalles coti­dianos, las voces capaces de contener en su ritmo y en su tono la esencia de una verdadera familia.

Ocurre, por ejemplo, en los dos últi­mos cuentos. «Selva y el Diablo» cuenta la vida de Selva, el barrio, su familia y los hechos. Alguien narra -no se sa­be quién, pero los conoce bien-, es parte del núcleo cercano. Es la épo­ca de la última dictadura militar; e­lla milita en la Juventud Peronista, pero eso es solo el contexto de algo mucho más íntimo que les ocurre a los personajes. «Después de la muerte» cierra el volumen con la historia de un duelo que parece la otra cara del cuento anterior. Una mujer y sus dos hijas enfrentan la muerte inesperada del padre. Pocas veces los rituales del final alcanzan el corazón del dolor con tanta doci­lidad y contundencia como lo hace Shua en esta historia. En los hilos que anudan cuento a cuento, El cuerpo roto conforma una mirada honesta capaz de abarcar el miedo, la ternura, el dolor, la humillación, la pasión, el amor y el humor; y, más que ninguna otra cosa, la honesti­dad que supone enfrentar la muer­te con un cuerpo falible y, aun así, día a día, vivir. 

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