Por Paloma Navarro.
FUENTE: https://www.pikaramagazine.com/2026/03/clara-obligado-hoy-no-es-un-momento-para-callar/
Clara Obligado: “Hoy no es un momento para callar”
A 50 años del golpe de 1976 en Argentina, Clara Obligado escribe ‘Exilio’ como experiencia colectiva: una trama de voces y memoria, en diálogo con las ilustraciones de Agustín Comotto.
“Escribir es atenerse a una doble lógica, la de los recuerdos y la de la ficción. Reconducir el pasado, organizarlo, mirarlo desde lejos, darle forma, intentar comprender. También para eso escribimos.
Hubo treinta mil desaparecidos.
Sobreviví”.
Clara Obligado, Una casa lejos de casa
El exilio se debe poder nombrar como tal. Aunque cueste. Como la emigración, el destierro, el refugio: una salida dolorosa, atravesada por la misma fractura, en busca de un nuevo hogar, afectos, trabajo, rutina y un poco —aunque sea un poco— de felicidad.
Cuando Clara Obligado llegó a Madrid, en 1976, la ciudad todavía arrastraba la sombra del franquismo. Para sostenerse, trabajó de lo que pudo, escuchó a otras personas exiliadas, afinó el oído a un idioma que era el suyo, pero distinto. Incorporó palabras, gestos, ritmos. Decidió que ese rumbo tenía que valer la pena.
Nacida en Buenos Aires, Obligado se exilió durante la última dictadura cívico-militar argentina. Vive en Madrid desde entonces y fue una de las primeras personas en impartir talleres de escritura creativa en España. Ahora publica Exilio (Páginas de Espuma, 2026), un libro ilustrado por Agustín Comotto que llega a pocos días de cumplirse 50 años del golpe de Estado.
El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas tomaron el poder e instauraron la dictadura más sangrienta de la historia argentina. Duró siete años y dejó 30.0000 personas desaparecidas, víctimas de detenciones ilegales, torturas y asesinatos sistemáticos. Se calcula que cerca de 500.000 personas se exiliaron, huyendo del terror y la persecución política e ideológica.
Actualmente, todos los 24 de marzo es feriado nacional y la gente sale a las calles pidiendo memoria, verdad y justicia. En todas las marchas de las provincias están presentes las familias y las Abuelas de Plaza de Mayo que continúan buscando a más de 300 nietas y nietos apropiados que aún no conocen su verdadera identidad.
Clara Obligado cuenta que el 5 de diciembre de 1976 se fue con nueve kilos de equipaje dejando el resto de su vida atrás: libros, ropa, objetos. Salió vestida de verano y llegó a Madrid en pleno invierno. Mientras huía, se encontró con una sociedad que parecía hacer el camino inverso al suyo. Dice que en el aeropuerto la esperaría una prima que nunca apareció; que se subió a un taxi que la llevó a un hotel donde solían terminar las latinoamericanas con aspecto de despistadas; que, antes de subir al avión, su abuelo le dio un reloj que le quedaba grande; que su hermana melliza la saludó de lejos, esperando una señal de que todo estaba bien en los controles; que no tuvo tiempo de despedirse; que viajó con Iberia; que en el asiento contiguo se sentó un hombre de 60 años, gallego, nervioso, que volvía para darle una sorpresa a su madre.
Todos estos comienzos son reales y ninguno le pertenece a la autora. O quizás todos le pertenecen: eso nunca lo sabremos.
En sus libros, el exilio aparece también en el idioma, en la intemperie de las palabras. Una misma palabra puede significar algo en Argentina y lo contrario en España. Lo cotidiano se vuelve extraño. Un acento, que podría ser una riqueza, a veces le pesó como un estigma. La escritora cuenta que nunca pensó que podría sentirse extranjera en su propia lengua. Sin embargo, con el tiempo entendió que, costara lo que costara, se “integraría”, poniendo toda su voluntad.
¿Cómo fue la decisión de publicar Exilio a pocos días del 50 aniversario del golpe de Estado en Argentina?
Es una historia un poco rocambolesca. Tenía un cuento que se llamaba Exilio, publicado hace muchos años, y lo retomé como punto de partida. Pero enseguida entendí que no podía contar esto solo desde lo personal, me resultaba narcisista, fuera de lugar. A nivel político no me salía hacerlo de esa forma. Entonces decidí hacer algo colectivo. Narrar algo que nos había pasado a muchos, de distintas maneras. La forma apareció después de un viaje a Buenos Aires. Mucha gente se me acercaba a contarme su historia, historias terroríficas. Y yo sentía que, de algún modo, me lo estaban pidiendo. Cuando alguien le cuenta algo a un escritor, de alguna forma está pidiendo algo, ¿no? Y además está el presente: hoy no es un momento para callar. Como escritora, sentí que me tocaba hacer esto.
“Sentí que no tenía que contar una experiencia individual, sino la de una generación”
Entonces, ¿vos se lo propusiste a Agustín Comotto? ¿Cómo fue la colaboración?
Sí, hacía tiempo que queríamos trabajar juntos, pero no encontrábamos el proyecto. Hasta que apareció este. Lo pensé desde el inicio como un trabajo en conjunto: yo, mujer, mayor, en Madrid; él, más joven, en Cataluña. Al principio me dijo que no. Pero insistí. Le dije: “Quiero hacerlo con vos. No voy a buscar a otro dibujante. Y no voy a discutirte ni una mancha de tinta”. Finalmente aceptó. Ahora dice que es el mejor libro que dibujó.
El libro narra diferentes formas de exilio, distintas versiones de ese día, ¿Por qué decidiste comenzar de esa forma?
Porque en esa época, en mi generación, podía pasar cualquier cosa. Desaparecer, exiliarse, quedarse. Todo era azaroso. Incluso una misma persona podía haber vivido más de una de esas posibilidades. Por eso sentí que no tenía que contar una experiencia individual, sino la de una generación. Da igual saber cuál fue el verdadero aterrizaje en Madrid.
Publicaste libros como Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados, Una casa lejos de casa, donde narras cuentos sobre la misma temática, el desarraigo, las partidas, los retornos. En Una casa lejos de casa decías que tardaste 30 años en poder narrar el exilio, ¿encontraste alguna respuesta al para qué, qué y cómo contar?
No hay respuestas claras. Lo que sí creo es que, en algún punto, todo ya está dicho. Pero eso no lo vuelve menos necesario. Una historia vivida no es necesariamente una historia literaria. Hoy puedo contarlo porque, como escritora, puedo trabajar con eso: ficcionalizar, transformar. Pienso mucho en el valor del testimonio. Todos están atravesados por el dolor. ¿Cómo contar si sentís que tenés que contar? A mí me llevó 30 años.
Es una pregunta difícil…
Difícil y sin respuesta, aunque J. M. Coetzee dice: “Soy una secretaria de lo invisible”. Escribo lo que oigo. No me corresponde juzgar. En ese sentido, yo vine a tomar testimonio.
Y ese testimonio es algo donde enfatizan las sobrevivientes: sobrevivir para dar testimonio de lo que pasó.
Exacto. Pero no es lo mismo dar testimonio en un tribunal que hacerlo en la escritura. Un escritor manipula mucho, ni siquiera un poco, mucho.
«Mi forma de estar presente es a través de la escritura»
¿Cómo fue volver a Argentina por primera vez?
Volví cuando la dictadura estaba terminando, seis años después. Fue muy duro. Muy doloroso, tremendamente doloroso. Hay fragmentos en Exilio sobre eso. Por ejemplo, hay un fragmento donde hablo sobre la primera vez que sueño con el exilio, fue un sueño donde una mujer muere por una metralleta y me despierto gritando. Cuando volví sentía que me seguían por la calle. Y no era una fantasía. Ahí empecé a preguntarme si podía —o quería— volver y eso abrió aún más preguntas.
En tus libros distinguís entre la emigración y el exilio. ¿Qué te permitió nombrarte como exiliada?
Bueno, creo que el exilio es destierro o entierro, ¿no? El exiliado es esa persona que si se vuelve la matan. Igual por distintas razones. Es una amenaza real. Podríamos pensar también en el exilio ecológico, que es un concepto que no tenía presente cuando empecé a reflexionar sobre esto. Pero te doy una ejemplo: si mi casa se inunda tampoco tengo hogar, tampoco puedo volver. Me veo obligada a irme. Quizás sería una diáspora interesante, hay que pensarlo. Por otro lado, el exiliado es un tipo que habita en la melancolía de su país, mientras que el emigrante tiene melancolía, por supuesto, pero también perspectiva de futuro, tiene expectativas. Ahora bien, con el tiempo, eso cambia. Hoy ya no soy una exiliada. Podría volver.
Y sin embargo…
Y sin embargo no vuelvo. Es que no me siento ni de España, ni de Argentina. Volver implicaría otro proceso de adaptación, y no quiero hacerlo. Pero tampoco voy a desprenderme de Argentina. Quiero publicar allá, quiero visitar la facultad cada vez que voy, quiero hacer allá todo lo que pueda.
¿Cada cuánto se te viene la fantasía de volver?
Cada vez menos. Cuando murieron mis padres se cerró una parte importante. También fui perdiendo amigos. Han pasado 50 años, es mucho tiempo. Y la situación actual no es muy prometedora.
¿Qué te sucede ahora con el retroceso de las leyes y apoyos gubernamentales en materia de derechos humanos? ¿Qué pensas que va a pasar este 24 de marzo en las calles de Argentina con este clima tan desolador?
Bueno, eso es lo que me hizo escribir este libro. Quise sumarme, estar de alguna manera. Si pudiera, iría a la marcha del 24 de marzo pero tengo que ir a la Feria del Libro, así que mi forma de estar presente es a través de la escritura. Lo que pasa es grave. Pero los ciclos cambian. Mi edad me dice que hay que seguir peleando para que cambien. Y este no es solo un ciclo argentino, es global y es peligroso.






