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Semanario Brecha reseña los Cuentos Completos de Joseph Roth

Las esquirlas del Imperio y los santos bebedores

 

A diferencia de su vasta obra novelística, sus tomos de artículos y ensayos, y su copiosa correspondencia, la edición en español de la totalidad de los cuentos del escritor austríaco Joseph Roth (1894-1939) se hizo esperar. La editorial Páginas de Espuma asumió el desafío y publicó recientemente el tan esperado volumen. Uno que reúne las ficciones breves de ese autor que convirtió su propia vida en materia narrativa: súbdito de un imperio que colapsó hasta desaparecer, judío convertido al catolicismo, acérrimo monárquico y alcohólico contumaz que, en sus últimos años en París, llegó a parar un taxi para que lo cruzara de una acera a la otra.

En muchas de sus cartas, entrevistas, conversaciones con colegas escritores y amigos, Joseph Roth, nacido el 2 de setiembre de 1894 en Brody, ciudad perteneciente al Imperio austrohúngaro (hoy Ucrania), se dedicó a borrar las huellas de su pasado y a reinventar el mito de origen todas las veces que se le antojó. En ocasiones, contaba que había nacido en Schwabendof, una colonia alemana de Volhynia, y en otras decía ser el hijo no reconocido de un alto funcionario del Imperio; relataba con lujo de detalles cómo había combatido en la Gran Guerra, había resultado capturado y enviado prisionero a Siberia, y también decía ser uno de los pocos portadores del féretro del emperador Francisco José (1830-1916).

Lo cierto es que nació en un pequeño pueblo de la provincia de Galitzia, hijo de Nachum Roth, un vendedor de cereales que abandonó a su familia cuando el futuro escritor tenía 1 año y medio, y de Maria Grübel, una judía robusta que se esmeró hasta el sacrificio para que su primogénito progresara: llegó primero a la Universidad de Lemberg, en Galitzia, y luego a la Universidad de Viena para estudiar literatura y filosofía alemanas. Sin embargo, no existía un destino académico para Roth y, tras un oscuro pasaje como combatiente en la Primera Guerra Mundial (los registros son confusos y es probable que en el regimiento de tiradores en el que sirvió solo haya cumplido tareas como oficinista), se dedicó a pleno a las dos tareas por las que sería recordado: el periodismo y la literatura.

De forma paralela a su trabajo como cronista y reportero para diarios como Der FriedeDer Neue TagNeue Berliner ZeitungBerliner Börsen-Courier y Frankfurter Zeitung, Roth desarrolló una prolífica carrera literaria, iniciada con la publicación de La tela de araña (una novela inacabada que apareció por entregas en las páginas del diario Arbeiter-Zeitung, el órgano oficial del Partido Socialista Austríaco, en 1923) y cerrada con la edición del extenso relato La leyenda del santo bebedor (1939), concluido pocos días antes de su muerte y convertido en uno de sus textos más conocidos. ​En el medio hay auténticos mojones de la literatura centroeuropea en particular y de la de Occidente del siglo XX en general, como Fuga sin fin(1927), A diestra y siniestra (1929), Job (1930), La marcha Radetzky (1932), Tarabás (1934) y La cripta de los capuchinos (1938).

Tanto en sus novelas como en los cuentos dispersos que fue publicando de manera esporádica con los años, Roth desarrolló un estilo único, imposible de imitar, que tiene que ver con lo que el escritor argentino Edgardo Cozarinsky, en su magistral libro Variaciones Joseph Roth (Universidad Diego Portales, 2023), describió como la destreza de desollar toda la adiposidad de la escritura, «desgrasando el cuerpo del relato para poner en valor músculos y nervios». Roth fue un digno continuador de los grandes novelistas decimonónicos del siglo XIX, un atento lector de Charles Dickens y Honoré de Balzac, que se apropió de las técnicas de estos autores para componer situaciones, describir personajes y apuntar observaciones de conducta redefiniendo el ritmo y administrando la acción para alcanzar, tal como apunta Cozarinsky, «un lirismo que asoma entre luces y colores y olores de la estación del año en novelas que rara vez superan las doscientas páginas». Si ese talento en el estilo puede observarse en su obra novelística, imagínese el lector la aplicación del prodigio en los textos breves compilados en el libro que aquí se comenta.

CUENTOS CON VIDA

Ordenadas cronológicamente, las 19 piezas que conforman estos Cuentos completos permiten espigar entre su materia ficcional diversos momentos biográficos del autor. Las esquirlas que produjo el derrumbe del Imperio austrohúngaro, la verdadera patria de Roth, atraviesan todo el libro y resultan especialmente visibles en los cuentos «El busto del emperador», «El jefe de estación Fallmerayer» y «El triunfo de la belleza», pero no se trata de las únicas marcas identitarias convertidas en literatura. La cuestión judía, desde la vida en pequeñas comunidades temerosas del poder de Dios hasta la expansión y asimilación del pueblo elegido, es otro tema recurrente en estas ficciones breves, así como la cuestión del honor, la lealtad filial, el amor no correspondido, el temor a la muerte y las consecuencias de la desobediencia de los preceptos religiosos.

En «Mendel, el aguador. Un fragmento», el primer cuento extenso y de cierta complejidad estructural del volumen, aparentemente redactado entre 1918 y 1923 como parte de una novela inconclusa, se relatan las desventuras de un viejo aguatero judío residente en una ciudad de Galitzia, junto a la frontera rusa. Luego de enviudar y quedarse solo en el pueblo tras la partida sucesiva de sus siete hijos, decide viajar a Viena, donde vive uno de ellos. La gran ciudad lo engulle y lo golpea hasta que logra alojarse en la casa de sus familiares, donde lo aguarda otra sorpresa: el agua corriente, un mecanismo que no solo vuelve vetusto su oficio, sino que lo encanta en su propia disposición: «Y a Mendel le pareció que las gotas de agua cantaban solo por y para él. Por primera vez sintió que pertenecía al agua, al elemento del que había vivido durante más de cincuenta años, y pensó en los cubos de casa. ¿Volvería a verlos? Vio con claridad los cubos de dura madera de roble con los flejes de hierro, y en el hueco de las manos, que cerraba despacio, sintió la agradable calidez del asa de madera».

Roth fue un finísimo observador de la condición humana que supo capitalizar muy bien el material de sus escritos periodísticos y de ficción porque nunca dejó de tener presente que escribía para el gran público. No en vano, la mayoría de sus textos aparecieron primero en los periódicos antes de llegar al formato libro, aunque, justo es decirlo, los grandes diarios de antaño estaban dirigidos a un público con una formación cultural amplia, que cuesta emparentar con los comentaristas con seudónimos que peroran en los actuales portales periodísticos. En las páginas de toda la obra de Roth (incluso en sus artículos de mayor rigor analítico, compilados en volúmenes como Judíos errantes y La filial del infierno en la Tierra, dedicados al judaísmo y la emigración respectivamente), hay un especial cuidado por la progresión lineal del relato y un prístino manejo de las estructuras narrativas. A tales efectos, puede referirse acá lo que afirmaba el columnista y crítico teatral Alfred Polgar cada vez que aterrizaba en la redacción del Der Neue Tag un artículo de nuestro autor: «Aquí nos llega otra caligráfica obra maestra de Roth».

Esa preocupación por la nitidez al momento de escribir y plasmar la transmisión de los hechos está presente en estos Cuentos completos, aunque la búsqueda de claridad en la escritura nunca redunda en una prosa ramplona. Obsérvese, a tales efectos, la prodigiosa descripción múltiple contenida en este párrafo del relato «Abril. La historia de un amor»: «Por el parque rechinaba un carro de riego de panza abultada, rociando el césped y los parterres. Un mirlo brincaba al lado con gesto de pilluelo y batía el ala izquierda contra el agua pulverizada. En algún lugar por arriba, invisible, alborotaba todo un internado de alondras a las que habían soltado por vacaciones. Alrededor de los bancos, que estaban en medio de los parterres, la hierba languidecía algo cansada, arrasada por los amores nocturnos de la gente».

Al margen de su primer cuento publicado, «El alumno aventajado», fechado en 1916, cuando el autor tenía 22 años, de un conjunto de piezas muy breves («Barbara», «Carrera», «La casa rica de enfrente», «Esa mañana ha llegado» y «Juventud») y de un relato inconcluso (el antes mencionado «Mendel, el aguador»), el libro está ocupado por obras de largo aliento, muchas de las cuales han aparecido en español anteriormente, de forma independiente, como se verá más adelante.

Se trata de un puñado de pesos pesados de la ficción rothiana, entre los que se encuentra «Fresas», un relato que ilustra muy bien el tratamiento que el autor hizo del asunto autobiográfico y de algunos de los temas centrales de su interés creativo.

El narrador de la historia se llama Naphtali Kroj y desde el arranque invita a que se desconfíe del propio valor de su testimonio: «Soy una especie de impostor. Así llaman en Europa a la gente que se las da de algo diferente a lo que es. Todos los europeos occidentales hacen lo mismo. Pero ellos no son impostores porque tienen papeles, pasaportes, documentos de identidad y partidas de bautismo. Algunos tienen incluso árboles genealógicos. Yo, sin embargo, tengo pasaporte falso, no tengo partida de bautismo ni árbol genealógico. Así que podría decirse de Naphtali Kroj: es un impostor». Luego de tamaña presentación, Kroj arranca a contar la sórdida historia de su vida –echado de la casa del maestro sastre donde vive, se convierte en ayudante de un sepulturero con quien atraviesa diversas desventuras–, en un procedimiento de reescritura biográfica que tiene mucho que ver con el que empleara el propio Roth durante su vida.

El libro cierra con el cuento «La leyenda del santo bebedor», el llamado «testamento literario» de Roth, escrito poco antes de morir, el 27 de mayo de 1939 en París, a los 44 años. El alcohol había dinamitado de tal forma el organismo de Roth que, de hecho, el cuento no fue escrito por su propia mano, sino que se lo dictó a una secretaria del Neue Tage Buch. El relato se presenta como una suerte de leyenda urbana, en la que Andreas Kartak, un vagabundo parisino, recibe sucesivos préstamos de un hombre misterioso para poder seguir bebiendo, bajo la condición de que debe retribuir el dinero a una imagen de santa Teresa de Lisieux en la Iglesia de Sainte-Marie des Batignolles. Además del influjo del catolicismo en los años finales del autor, el relato presenta una descripción lacerante y por momentos brutal de los demonios del alcohol, de los que el propio autor no pudo librarse.

Un apéndice del volumen incorpora tres textos de no ficción –«Carta de Joseph Roth a Benno Reifenberg», «Viaje a Galitzia. Lemberg, la ciudad» y «Los lisiados. Un funeral de inválidos en Polonia»– que, leídos como un todo, ofician de manifiesto de Roth sobre su tratamiento de la literatura. La inclusión de estos textos conforma una oportuna decisión editorial, pues, al margen de algunas manifestaciones puntuales en su copiosa correspondencia –Cartas (1911-1939) y el tomo de su intercambio epistolar con Stefan Zweig, Ser amigo mío es funesto. Correspondencia (1927-1938), ambos volúmenes publicados por la editorial Acantilado–, Roth nunca fue muy proclive a hablar ni escribir sobre su propio arte.

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