Heridas siempre abiertas
Para reunir las historias de Miembro fantasma, Fernanda Trías buscó un nexo que admitiera sus diferencias y aprobara su convivencia en un libro. El síndrome del miembro fantasmale permitió apelar a personajes y situaciones de un universo en el que la necesidad de evadir la realidad está relacionada con el peso de la ausencia y la búsqueda de alivio. Su escritura, de sencillez engañosa, crea atmósferas que acentúan la densidad de las vivencias. Un tema central, presente en toda su literatura, despliega en Miembro fantasma las dificultades de transitar el duelo, el dolor de pensar y escribir la pérdida, lo ausente, algo o alguien que estuvo y ya no está. Narrados en un tono realista, que se detiene en los afectos y las ansiedades, todos los cuentos están atravesados por el desconsuelo de rituales que suman intemperies.
La cita que sigue pertenece al cuento «Miembro fantasma», de cuyo título se apropia el volumen para abarcar un conjunto de diez textos. El pasaje define el estado emocional que los impregna y permite la coexistencia de opuestos: «¿Le cuento un dato curioso? Mi madre puede sentir el pie amputado igual que antes de la operación. Al menos eso dice ella. Puede moverlo, dice, y hasta siente las agujas invisibles. Le duele. Le duele horriblemente. ¡Dígame si la vida no es miserable! Le sacaron el pie, pero no pudieron amputarle el dolor. Los médicos tienen un nombre para eso, ¿sabe? Miembro fantasma. Es como un engaño del cerebro, imagínese, una red de nervios que sigue enviando señales de algo que ya no existe».
Como en otras ficciones de la autora, reaparece el tema de la dictadura, una herida abierta de la memoria colectiva que Trías convierte en literatura desde la evocación imprecisa de su infancia y los recuerdos de los otros. Escribe sobre el tema –sobre cualquier tema– convirtiéndolo en pregunta y pensando en las dificultades de escritura que debe resolver para fundar, a partir de las emociones y las palabras, un lugar para la reflexión, la memoria y el goce estético. En el cuento importa la mirada de la niña que era Fernanda (siempre pueden rastrearse marcas biográficas en sus ficciones) y la escritura de una autora a quien le interesa la experimentación formal, que explora estructuras y mezcla los géneros literarios en busca de mayor libertad para desafiar los mecanismos narrativos tradicionales y sorprender al lector.
En «Miembro fantasma» miramos por sus ojos el barrio Cordón y la calle Chaná de su infancia –nació en 1976–, «cuando Montevideo medía una cuadra y media». Un día llega a la escuela y «los lagartos verdes» están en la entrada «con sus rifles atravesados en el pecho». Mientras los niños siguen jugando, un espeso velo de silencio se forma en torno a los vecinos que «iban ausentándose de la cuadra». En su casa no se hablaba de lo que ocurría. Trías ha señalado que ese silencio la llevó a escribir sobre los miedos que afectan a las subjetividades y a la sociedad. Con ese propósito tensa los hilos de la ficción para contar una historia y en realidad hablar de otra: de este modo, los límites borrosos de lo no dicho y la entrelínea se vuelven eficaces para escribir sobre silencios atronadores. En «Miembro fantasma», que conoció otras versiones, recurre a la ficción y crea un personaje que necesita saldar cuentas.
Bajo el formato de un diálogo que no se cumple, porque el destinatario del discurso nunca responde, fusiona sinrazones y abusos. Sabe atraernos con familiaridad, gira inesperadamente y nos golpea.
Quintaesencia
Varios personajes son alcohólicos. Los padecimientos que están detrás de las conductas adictivas y no pueden compartirse son pensados desde la ficción. En «Intimidad irremplazable» hay un diálogo imposible, muy distinto al anterior: la mujer esconde las botellas, niega el problema, se inventa excusas. Cuando un pichón anida en el alféizar de su ventana, cree sentir una conexión, algo parecido al consuelo. Cruza la página el aura de Mario Levrero –amigo y mentor de Trías– y la observación de las palomas y otras aves en su obra. Apenas una tormenta amenaza la fragilidad del pichón, la escritura extrema la tensión que había ido concentrando y las virtudes de la creación se sellan con la amargura de la pérdida definitiva.
Otra tormenta se desata en «Ciclón». Es la historia de dos mujeres que en la infancia fueron amigas íntimas y luego dejaron de verse. Una se convierte en escritora y se hace famosa: su novela autobiográfica narra un encuentro erótico de iniciación durante un campamento escolar. La amiga no lo recuerda. El cuento abona un abanico de versiones cruzadas por los imprevistos de la imaginación. El deseo en disputa revive –en quienes leemos– un episodio similar arriesgado por Armonía Somers en La mujer desnuda. La protagonista de «Ciclón» siente que la ficción se inmiscuye en su vida y no es capaz de descubrir la verdad. De un modo u otro, el pasado compartido las constituye narrativamente: la escritora ficcionaliza, la protagonista desmiente, la historia se convierte en filme. En todos los miembros fantasmas que circulan por el libro, el tema de la escritura está presente y en varios se filtra la ironía y hasta el humor cuando las dificultades que han enfrentado las mujeres en ese terreno a lo largo del tiempo se problematizan. La narradora de «Última carta a Claudia» sufre un golpe en la cabeza y su memoria se resiente. Está en Bogotá, pero cree estar en Lima, donde Claudia celebraba su boda. El amor por la amante que la abandonó es intenso y el despecho le hace escribirle una carta. También lee un cuento que no recuerda haber escrito (tampoco recuerda ser escritora), en el que una mujer viaja de Montevideo a Lima buscando cura para su niño enfermo. Otra vez los discursos se entremezclan y resignifican: el cuento de Trías, el de la escritora traicionada, la carta. Un final lírico y arrasador deja en suspenso el amor y sus espejismos.
En el límite entre dos barrios de Bogotá, uno pobre y otro rico, vive la protagonista del cuento «De frontera solo el aire». Desde su ventana ve el cadáver de un hombre asesinado por sicarios. La indiferencia a su alrededor le obsesiona, pero es tiempo de covid y este muerto incumbe a otro rango. El texto se ordena en secciones que van desviando la atención del cuerpo abandonado. Trías establece conexiones con los muertos de la pandemia que sus familiares no pudieron volver a ver y con las cenizas de su padre y de su abuela que esperan la reunión familiar para ser esparcidas. Las palabras escriben con dolor y belleza estos cuentos cruzados por el duelo y la angustia existencial. Atraviesan con perseverancia los incendios de la creación, saben del desmayo y saben de la ira.








