La Voz de Castilla
Por Ana Abelenda.
FUENTE: https://www.lavozdegalicia.es/amp/noticia/fugas/2026/07/17/idealizamos-padres-podemos-conocerlos/0003_202607SF17P6991.htm?utm_campaign=amp
Socorro Venegas: «Crecí rodeada de mujeres excepcionales que debieron defenderse del hambre y el peligro en un mundo dominado por el poder masculino»
«Hay 68 lenguas en México que viven en un ejercicio heroico e invisible de resistencia», subraya la autora de «Leche de silencio», que sacia un hambre de justicia
Con una sola pregunta Socorro Venegas (San Luis Potosí, México, 1972) revive una lengua, cura una infancia malherida y nos hace mirarnos en una madre en la que nos vemos pequeños, como el náhuatl en América. ¿Por qué no hablo la lengua de mi madre?, se pregunta la autora de La memoria donde ardía y Ceniza roja, con fina capacidad para descifrar vínculos ambivalentes, esos que no son nunca de una sola manera. Los que somos «socorristas» entramos sin salvavidas en Leche de silencio. Sobrecogidos.
—¿Por qué perdió la lengua materna?, ¿en qué momento se dio cuenta?
—La pregunta tiene que ver con la manera en la que en la infancia asumimos el mundo. A mí me tocó asumir que no me correspondía hablar la lengua materna. De niños no lo vemos así, pero cuando yo fui niña se aceptaban ciertas cosas por difíciles que fueran.
—Hace emerger la singularidad de una madre en la crónica de un país.
—Creces ahí y te toca la realidad racista de un país. Cuando yo intento exponer que mi madre es bilingüe porque habla español y náhuatl, un niño en la escuela me dice: «No, no es bilingüe, es indígena». Él señala ahí un defecto, una anomalía, algo que no era digno de situarse dentro del estatus del mundo civilizado. Las lenguas indígenas no solo no otorgan prejuicio, sino que conllevan una especie de minusvalía.
—¿Nunca cayó su madre en la tentación o la naturalidad de hablarle en náhuatl?
—Es imposible que una niña de 12 años en ese contexto pueda valorar como riqueza la lengua de su madre. Mi madre lo tenía claro, no se le ocurrió nunca enseñarle su lengua a mí ni a ninguno de mis hermanos. Para mi madre era evitarnos el dolor de la discriminación.
—Refleja la historia común de las lenguas minorizadas. No son las del poder, pero hay un poder dormido en ellas.
—Sí, y es lo que se mantiene dormido en cada una de las 68 lenguas indígenas que aún se hablan en México y siguen vivas en un ejercicio de resistencia pacífica. Ahí hay algo heroico, que nos enseña mucho de la fortaleza en la resistencia de los pueblos originarios en la lucha por no ser eliminados. Los indígenas estorban, son un lastre que nos recuerda la voracidad de este mundo globalizado. Son extraños estos hablantes de un mundo que parece que no debería ya existir…
—¿Una lengua que se calla es memoria perdida?
—Sí, como estos bebés a los que no se habló y, como prueban las investigaciones, es como si no se les hubiera dado alimento. Y mueren. Esta es la importancia de la lengua materna: nos da vida, nos constituye emocionalmente. Por eso me pareció tan importante como doloroso dar este testimonio. Y en el fondo también de lo que hablo es de la condición de las mujeres, de las mujeres racializadas.
—«Me fui porque tenía hambre», dice Elia, su madre. ¿Escribe usted para saciar un hambre de generaciones?
—En este libro hay una reflexión desde distintos ángulos sobre esa hambre, que tiene que ver con la pobreza y la precariedad en la que crece mi madre. Pero hay más. Una amiga que leyó el manuscrito me dijo que durante un tiempo pensó que no se debía hablar del hambre, de la pobreza, en las comunidades indígenas, para evitar que se siguiera entendiendo que ser indígena es sinónimo de ser pobre. Pero se dio cuenta de lo importante que era decirlo. No es culpa de esos pueblos vivir en condiciones marginales. Esa carencia que digo a mí me cuesta comprenderla. En mi madre, creo, también hubo una niña que se va por hambre de justicia, por protegerse de otros peligros.
—Habla de la vergüenza como un recurso de los poderosos para escudarse y crecer. La vergüenza inculcada en el débil.
—Para escribir Leche de silencio era importante desnudar el patriarcado, mujeres que terminan por heredar los cuidados, que te dicen cómo hay que ser mujer. Que se rompa con la tradición de los mandatos aprendidos para mí era importante reflejarlo en este libro. Mi tía sordomuda llegó a defenderse sola con una fuerza tremenda en una comunidad indígena, de hambre y peligro. Pudo hacerlo, ella me cuidó a mí mientras mi hermano estaba enfermo y mi madre tenía que atenderlo y a la vez atender a un trabajo. Yo crecí rodeada de mujeres excepcionales, y al tiempo mujeres que tuvieron que lidiar con la vida en un mundo dominado del todo por el poder masculino.
—Honra este linaje femenino sin idealizar ni azucarar su relato. ¿Cómo lo hizo?
—Si nos negamos a ver al hombre o a la mujer en nuestros padres no podemos escribir sobre ellos. No podemos conocerlos. Eso significa verlos humanos y ver cuánto de ellos hemos aprendido y cuánto rechazado, o con qué peleamos… La relación con los padres nunca es idílica. Yo quería contar la profundidad del corazón humano de los que me alimentaron como pudieron.








