Diario de Sevilla
Por Braulio Ortiz.
FUENTE: https://www.diariodesevilla.es/ocio/socorro-venegas-queria-lleva-alguien_0_2006540347.amp.html
Socorro Venegas: “Quería saber qué lleva a alguien a renunciar a su lengua original, a silenciar su voz”
La autora mexicana publica ‘Leche de silencio’, el homenaje a una madre que desterró de su vida el náhuatl para salir adelante.
Cuando tenía nueve años, la mexicana Socorro Venegas sintió cómo el suelo firme en que había transcurrido su infancia se resquebrajaba, y comprendió en ese temblor que la vida siempre nos aboca al extrañamiento. La niña observó entonces cómo su madre y su abuela dialogaban de improviso en una lengua que ella desconocía –el náhuatl– y le pareció que esas mujeres familiares se convertían “en extrañas”, que se movían por “una habitación que solo las contiene a ellas. Ríen de otro modo. ¿Cómo pueden guardar tantas palabras desconocidas? ¿Por qué yo no las tengo? ¿Cuando crezca también me saldrán de la boca?”, se cuestiona Venegas en Leche de silencio (Páginas de Espuma), un libro en el que vuelve a esa “cría despojada del nido”, a la madre que a veces entonaba la música de un “pájaro enamorado”.
En este proyecto “híbrido”, en el que se contraponen el vínculo emocional de las memorias y el dato incontestable del ensayo, la escritora dialoga con su madre, Elia, esa muchacha que para salir adelante –zapatos nuevos, tres comidas al día, una vida que se alejaba de la misería en la casa en la que se encargará de las tareas domésticas– renuncia a sus orígenes y adoptará un vocabulario que no es el suyo. “Ella es una extranjera en su propio país. Proscrita de un territorio que pertenecía a sus ancestros. Un mestizaje forzoso. Ahora debe empezar a parecerse a los que llegaron”, anota Venegas, que mantuvo esta semana una entrevista telefónica con este periódico.
“Quería contar la experiencia de mi madre, esa épica íntima, preguntarme cómo había sido el que ella tuviese que ocultar su lengua y el que ella entendiese que si transfería esa lengua a sus hijos los ponía en desventaja”, expone la autora de Ceniza roja y antóloga junto a Juan Casamayor de Vindictas, una recopilación imprescindible de cuentistas latinoamericanas. “Quería saber qué hechos ocurrieron para que ella tomara esa decisión de silenciar su verdadera voz y cortar la transmisión de una herencia, que nos correspondía a los familiares que íbamos detrás y que ya no recibimos”.
Una lengua propia y extraña
Porque Venegas retrata su desarraigo como una orfandad que pesa, una amputación que nunca cicatrizó, y lamenta con “rabia” y “rencor” el haber sido “privada de mi habla primigenia. Es como si me hubiera perdido de la más real, la auténtica lengua. La que me daría pertenencia entre las mujeres de mi estirpe”, apunta, antes de señalar una terrible paradoja: “La lengua que me ha sonado ajena la mayor parte de mi existencia quizás sea lo más mío”.
La narradora otorga al conjunto “una consistencia, un tratamiento literario a los problemas que tiene el ser indígena en un país racista como el mío” para así “llegar a más lectores, para que la gente comprenda el dolor que hay detrás de esa exclusión. Los ensayos antropológicos, los estudios lingüísticos son muy importantes”, valora Venegas, que sin embargo querría que “la existencia de los pueblos originarios tenga más valor en la imaginación”. Un modo de concienciar, la literatura, sobre esas personas “que parecería que son inexistentes y, sin embargo, tras esas 68 lenguas originarias que se hablan en México hay hombres y mujeres”.
En Leche de silencio, Venegas recuerda cómo los términos que definían a los indios aludían a un pueblo bárbaro, cruel y grosero, y “el golpe de gracia lo da el Diccionario de la Real Academia Española que, en el siglo XVIII, suma las características de tonto y crédulo”, se lee en el libro. “En el siglo XX, y de esto hace muy poquito”, añade al teléfono, “había voces de intelectuales que criticaban al Estado mexicano porque no había logrado exterminar a los indígenas. Por eso es tan importante la representación de estos pueblos que llevan más de 500 años de resistencia, una pervivencia que no se debe a políticas públicas sino a decisiones individuales, a la tenacidad de las comunidades que han custodiado con orgullo sus costumbres, sus raíces y su lengua”.
“No es el terreno ni la tarea de la literatura establecer juicios. Yo quería hacer preguntas”
Venegas retrata a su linaje sin caer en la edulcoración. “Yo no quería poner en altares a mi madre, ni a mi abuela, porque sufrieran;quería ver qué habían hecho con ese sufrimiento. No quise idealizar a mis personajes, pero tampoco juzgarlos, nadie sabe cómo va a responder en una situación límite”, opina. “No es el terreno ni la tarea de la literatura establecer juicios. Lo que me importaba era hacer las preguntas que colocaran a estas mujeres en el corazón de sus propias historias”.
Leche de silencio se interroga también sobre la huella de las ausencias, y en esta obra se asoman al abismo la madre que despidió a un hijo pequeño y la hija que muy pronto se quedó viuda. “Sé como los poetas, que hacen hablar a los muertos”, está tentada de decirle Venegas a su familiar mientras charlan. “Exploro qué significó para cada una la pérdida, porque el duelo nos reescribe, nos reconfigura. El mundo cambia cuando alguien se marcha, pero principalmente quienes nos transformamos somos los que nos quedamos aquí, huérfanos. Ese es otro de los ríos que recorre este libro”.








