Manuel Vilas: «Antes escribía a lo Sex Pistols y ahora a lo Leonard Cohen»
El escritor aragonés recupera su primera incursión en la narrativa con ‘Zeta’ (Páginas de Espuma), un irreverente fresco kafkiano de la vida en la periferia
A finales de los años 80, Zaragoza era un hervidero cultural. Entre los jóvenes que se paseaban de la facultad de filología a las librerías y de las librerías a los bares estaba un intrépido Manuel Vilas, organizador, entre otras cosas, de los encuentros ‘Poesía en el campo’ que llevó a la capital aragonesa a poetas como Pepe Hierro, Claudio Rodríguez o Carlos Marzal, entre otros. Aquí inició un universo propio, entre la agonía e incomprensión kafkiana y la ligereza del pop, que primero desgranó en la poesía hasta que en 2002 publica ‘Zeta’. «En ese momento creía que no existían los lectores y escribía con una libertad tremenda. En ese sentido, era una escritura irreverente, llena de ternura y humor. Podríamos decir que entonces escribía como si fuera los Sex Pistols y después pasé a escribir como Leonard Cohen», afirma Vilas.
La editorial Páginas de Espuma recupera aquel primer libro, editado entonces por la extinta DVD Ediciones, y lo hace agrupándola con su segunda parte publicada dos años después, ‘Magia’ (ahora rebautizada como ‘Gente de Zeta’). «Me hace mucha ilusión que los lectores que he ganado durante estos años puedan reencontrarse con este libro. Tengo mucha curiosidad por saber qué dirán, porque desde luego es muy diferente a mis otros libros. Creo, sinceramente, que si este libro vendiese 100.000 ejemplares, España entera cambiaría y se convertiría en un lugar muy diferente», bromea el escritor.
¿Qué hay de diferente? Según Vilas, la irreverencia. Son textos iconoclastas, lejos de convencionalismos, en la que aparece Kafka como puede salir Robespierre o el mismísimo Lou Reed, todos paseándose por una Zaragoza casi mítica, deformada en un espacio grotesco, pero hipnótico y muy, pero que muy reconocible. «No he cambiado prácticamente nada del texto. La verdad es que al releerlo me he llevado una agradable sorpresa y me he reído mucho. Lo mejor de este rescate es ver que los textos no han perdido vigencia, que aunque hablen de un mundo extinto, el de hace 25 años, todavía hablan de temas totalmente actuales», afirma Vilas.
De esta forma, vemos como el escritor y poeta habla del calor extremo, de la crisis de la vivienda o de la precariedad laboral, temas que continúan en la primera página de la actualidad. «Entonces no me comía una rosca y este libro fue como una reacción contra la literatura burguesa. Quería ser subversivo, irreverente e iconoclasta. Tenía cierto sentido antisocial heredado del mejor cine de Buñuel», comenta.
La temática principal de estos textos, unidos entre sí en una especie de novela sui géneris, es la extrañeza, la descripción tan detallada de la vida cotidiana que se descubren sus incongruencias, sus lapsus, sus trampas, su absurdez máxima. Hasta los objetos inanimados parecen coger vida en unos relatos que él define como «Kafka triturado por el pop». «El gran tema del libro es la soledad de una serie de gente y en un espacio muy concreto, el de la periferia, el de los polígonos, el de la gente al margen. Antes nadie escribía sobre estos espacios», señala el autor de ‘Ordesa’.
La Zaragoza que describe Vilas en el libro es una ciudad gótica, de personajes extraños, reconocibles, pero con un elemento inusual que los convierte en sospechosos. En la segunda parte del libro, la llamada ‘Gente de Z’, Vilas empieza a describir a ciertas personas a partir de sus profesiones consiguiendo levantar un auténtico zoo humano lleno de corazón, desesperación, humor y ternura. «Quería mirar a la cotidianidad de forma diferente, que nada se diese por hecho y que hubiese una amenaza intrínseca en todo lo que consideramos natural», insiste el escritor.
Por aquel entonces Vilas era un profesor de instituto de 37 años y no podía ni imaginar el prestigio crítico y el apoyo popular que recibiría después, sobre todo tras la publicación de ‘Ordesa’ en 2018. Por aquella época, por ejemplo, consiguió comprarse su primer piso en Zaragoza, la ‘zeta’ del título, momento en que comprobó la absurda oficialidad de visitar a un notario. «Hay una fascinación por los registros de la propiedad. Conseguí un piso en un barrio que se tenía que llamar Rey Fernando, pero que se acabó por dejar el nombre de Actur, acrónimo de ‘actuaciones urgentes’, lo que ya de por sí es muy significativo», recuerda.
Ha llovido mucho desde aquel arranque del siglo XXI. Vilas lo recuerda con orgullo y cierta nostalgia. Porque nada ha cambiado desde entonces, pero todo lo ha hecho. «Antes también tenías calor en agosto. Zaragoza siempre ha sido una ciudad calurosa, pero ahora el calor es diferente, es un calor basura, creado por los actos de los propios seres humanos, lo que confiere a ese calor una densidad antinatural por lo menos y es más desagradable», afirma Vilas.
Su vida como escritor cambió prácticamente de la noche a la mañana con la publicación de ‘Ordesa’. Aquella novela abrió un nuevo camino dentro de la literatura española. Decenas de autores empezaron a escribir sobre sus familias, sus padres, en tono confesional, dando voz a aquella generación de los años 60 y 70 que nunca tuvieron las mejores cartas de la baraja, pero no se quejaron nunca de su suerte e intentaron vivir con la mayor dignidad posible. «Nadie me ha dado las gracias por abrir esa vía. La literatura tiene esas cosas, detecta una demanda de voces e historias nuevas y da respuesta a esa necesidad. Pero es cierto, antes nadie hablaba de sus padres y después no han dejado de salir libros con temática similar», asegura el autor de ‘Alegría’.
No hay duda que la reivindicación familiar se convirtió en un género en sí mismo, con títulos ilustres como ‘Feria’, de Ana Iris Simón; ‘Los astronautas’, de Laura Ferrero; ‘Libro de familia’, de Galder Reguera; ‘Los ilusionistas’, de Marcos Giralt Torrente; ‘No entres dócilmente en esa noche quieta’, de Ricardo Menéndez Salmon; incluso ‘Volver a donde’, de Antonio Muñoz Molina o ‘A corazón abierto’, de Elvira Lindo. «Cuando encuentras tus lectores, ya no quieres abandonarlos. Se convierten en amigos, en tu familia, y te das cuenta que la literatura no tiene sentido o adquiere sentido cuando te acompañan», concluye Vilas.








