Por Cristina Gutiérrez Valencia.
FUENTE: Cuadernos Hispanoamericanos
Los días envenenados de Magalí Etchebarne
Los mejores días fue el primer libro de la escritora argentina Magalí Etchebarne (Buenos Aires, 1983), publicado en su país en 2017 en la editorial Tenemos las Máquinas y posteriormente en España en Las Afueras en 2019. Se reedita ahora nuevamente en la editorial española Páginas de espuma, en la que apareció su segunda colección de relatos, La vida por delante, Premio Ribera del Duero 2024. Los mejores días es un título irónico para un libro de cuentos de atmósferas turbias, que dejan un regusto levemente venenoso. Si te hacen sentir incómodo, más que pensar not my cup of tea, deberías sospechar que en estas narraciones de escenas aparentemente familiares al té se le han añadido buenas dosis de estramonio.
La autora se maneja bien en las cortas y medias distancias -este primer libro contiene ocho relatos y el segundo cuatro-, y sus obras no parecen el entrenamiento para la maratón de la novela por venir, sino que suponen una dignificación del género narrativo breve, y un posicionamiento en la mejor tradición de la prosa argentina de las últimas décadas. Sí se puede intuir en esta narrativa la supuración de la lírica que también ha practicado Etchebarne en Cómo cocinar un lobo (Tenemos las máquinas, 2022), en algunos de los temas, pero sobre todo en la densidad reconcentrada del lenguaje. Este espesor verbal, la consistencia de las palabras que urden las tramas, ayuda a hacer aparecer los pensamientos y detener o ralentizar el tiempo del relato.
Desde la separación clásica de Lessing entre artes espaciales y temporales, se ha clasificado la literatura como un arte temporal, y sin embargo, aunque aceptemos la idea general, sigue habiendo obras que ponen a prueba las asunciones tradicionales. Los cuentos de Magalí Etchebarne tienden a formar escenas, cuadros, no necesariamente visuales, pero sí ambientales, que se quedan en pausa en nuestra mente incluso una vez terminado el relato: unos primos matando palomas con carabina, una chica discapacitada con su babero empapado ante una casa rosa chicle, una pareja discutiendo por la presencia de un escorpión en la habitación, una mujer leyendo un email con un bebé en brazos, una madre recién salida de una operación para extirpar un tumor, una chica humilde en un caserón de ricos con mayordomos, una madre enloquecida, una pareja que vive sola en una isla.
Estas escenas, no obstante, no están enmarcadas, porque se sustentan en sus personajes, y estos se muestran no sólo en su circunstancia ante los hechos presentes, sino en su ser en el tiempo, aunque no siempre se revele lo ocurrido en el pasado o cómo terminan las tramas. O quizá estos cuentos tratan sobre lo que ocurre después del final del relato que entraría en la expectativa. Etchebarne cita en alguna entrevista a Hebe Uhart, que decía que en el cuento algo ya pasó, y ella añade que imagina que «a estos personajes ya les pasaron las cosas y lo que leemos es como una fracción del tiempo de sus vidas, una foto, un viaje. Como con una revelación o con un recuerdo que trae algo. Pero digamos que ya pasó lo que tenía que pasar o el gran suceso ya ocurrió y lo que leemos son los restos». El pasado en los personajes es un secreto, un peso, una mancha que deja una huella difusa. La peripeteia, el punto de inflexión en la trama, está fuera de foco, ya ocurrió. En el cuento «Buena madre» un personaje dice que «el pasado era un pasamontañas que a veces se le caía sobre los ojos, que si lo acomodaba mal lo dejaba ciego; los ojos cruzados, tapados, una momia». Los protagonistas de Los mejores días hacen equilibrios entre sus pasados y sus expectativas, y van también dosificando la información de quiénes son y qué les ha ocurrido -todos los cuentos, exceptuando dos, están narrados en primera persona-.
Algo así pasa también con los desenlaces de estas historias, cuyo punto final es una incógnita, y el lector busca en la página siguiente si hay alguna continuación o realmente el relato termina (es un decir) ahí. En El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción, Frank Kermode explica que «desde luego no podemos aceptar que se nos niegue un final: uno de los grandes encantos de los libros es que tengan que terminar. Pero a menos que seamos extremadamente ingenuos, como continúan siéndolo ciertas sectas apocalípticas, no exigimos que avancen hacia ese final precisamente como se nos ha hecho suponer». En los relatos de Etchebarne entendemos pronto que la estructura de planteamiento, nudo y desenlace no aplica, y que el propio relato es un extracto de la vida de alguien, los lectores supondremos a qué parte del sistema podría pertenecer o queremos que pertenezca, y asumimos que en muchas ocasiones el cuento es realmente un pre-final o post-final.
El efecto de inacabamiento tiene además un elemento colateral, que es la sensación de que los personajes viven fuera y más allá del relato, tanto antes como después de él (tenía razón la narradora de «La nuez de Adán»: «imaginaba a nuestro auto como una cápsula cerrada al vacío. Los cinco ahí dentro avanzando para siempre»). Esto repercute en el cuestionamiento de los niveles ficcionales y en la percepción de la distancia (física, emocional, espacial, vital, ficcional) entre los personajes. En unos cuentos en general muy sensoriales, físicos, sexuales, también encontramos lugares donde «las conversaciones envuelven a los cuerpos en la distancia inapelable con la que la clase alta educa los cuerpos de sus hijos». Esta distancia entre los personajes se acorta o se difumina por el aparentemente deliberado entrelazamiento de los nombres y las vidas de los personajes de distintos relatos dentro del libro. En el relato «La nuez de Adán» una familia va de vacaciones en coche a una casa alquilada con sus dos hijas y el novio de Paola, la hija mayor. La hermana pequeña es la narradora y cuenta cómo el padre había perdido su trabajo y había rumores de que tenía problemas económicos. En «Que no pase más» la narradora va con su pareja, Ramón, a la casa de los tíos de él, pero Ramón desaparece una noche y sus tíos lo traen de vuelta por la mañana con el aviso de que tienen que irse, que no van a aceptarlo así. En «Capitán» una pareja se va a vivir a una pequeña isla y se hace autosuficiente. En «Cosita preciosa» la madre de la narradora tiene un tumor y mientras le operan la hija rememora cómo se conocen sus padres y cómo el padre pierde la casa y el coche que la madre había comprado. La narradora recuerda que su madre cumplió 30 años cuando quedó embarazada de Paola. Además, la ex pareja de la narradora se llama Ramón y tiene problemas con la cocaína. Ramón de joven se marchó con una novia a vivir a una isla en Brasil, y ahora sigue insistiendo a la narradora para que vuelva y le manda correos, como hace Pedro con Clara, la madre de su bebé, en «Buena madre» para que vaya unos días con él. En «Tsunami» el padre de la narradora está desempleado y ha perdido muchos trabajos, y su hermana se llama Paola. ¿Es la narradora de «La nuez de Adán» la misma que de «Cosita preciosa» y «Tsunami» muchos años después? ¿Es Paola, quien espera a que su madre salga de quirófano, la misma que fue novia de Ezequiel a los dieciocho y la que en otro relato aparece en la fotografía con un balde de plástico? ¿Son sus padres, maquinista él, madre ella («Coloque aquí la profesión de sus padres», ella escribe: «Padre: maquinista. Madre: madre») los mismos que fueron de vacaciones a un castillo rosa alquilado cuando ella tenía 10 años, la misma madre que luego enloquece? ¿Es Ramón el mismo Ramón en «Cosita preciosa» y en «Que no pase más pero con otra mujer»? ¿Qué relación hay entre los hombres que mandan emails y se van a vivir a pequeñas islas en estas historias? A lo largo de la lectura el libro va creando una nebulosa ambiental en la que los personajes, excéntricos y a ratos desnortados, se acercan en neblina, son y no son los mismos.
En esta atmósfera algo turbia hay también espacios para algunas pinceladas de humor, una gracia a veces tierna, a veces más oscura, que quiere dar un poco la razón al título Los mejores días, porque como se dice en el primer relato, «no fueron años divertidos, pero hubo grandes días». Así, en «Como animales», la narradora y su novio pasan el tiempo interpretando qué parecen las fotografías de anos en la obra de un artista brasileño, Los ojos del culo, y en «La nuez de Adán» la niña le dice a Natacha, la joven discapacitada, que todos los hombres se han tragado una nuez y si consigues sacársela te amarán para siempre.
En el último relato, «Capitán», el hombre a veces se apodera de las palabras de la narradora, y ella va guardando palabras hermosas, como «plexo», que reserva para la semana siguiente. Así este libro, que a ratos se apodera del lenguaje y a ratos guarda palabras hermosas para un final que nunca descubrimos.






