Extraños en el paraíso
Ovidio Parades sobre Zeta, el volumen de cuentos con el que Manuel Vilas regresa a las librerías tras años descatalogado: casi cuatrocientas páginas en las que la vida duele, abrasa y, sin embargo, siempre merece la pena.
Dice Manuel Vilas en el prólogo escrito especialmente para esta nueva edición de Zeta: «La vida es siempre el bien mayor, esa es mi fe». Contundentes palabras que definen a la perfección lo que vamos a encontrarnos a continuación. Casi cuatrocientas páginas de cuentos. Cuentos breves y llenos de vida. La vida que casi nunca resulta sencilla para estos personajes. La vida que duele. La vida que se disfruta (una canción, un amor, un roce, una llamada, un paseo…). La vida que, a veces, explota en las manos como una bomba. Y, sin embargo, en estos hombres y mujeres, todo merece la pena, el camino (no el punto de llegada, sea cual sea) del que hablaba Cavafis. Esa es su fe. La fe, como el propio Vilas asegura en ese prólogo, en la vida. La vida que, evidentemente, también duele. Desgasta. Abrasa. Arrasa. Agota. Porque la vida es hermosa, sí, pero también puede ser brutal, despiadada, imprevisible, dolorosa, cansina. («Barro», uno de los mejores cuentos del volumen, puede ser un buen ejemplo: «Muy solo me sentía, eso sí»). Nadie dijo que la cosa fuese fácil. El camino, no el punto de llegada. Eso es lo que cuenta. Y Manuel Vilas lo sabe y lo escribe. Páginas de Espuma, en cuidada edición, lo vuelve a publicar tras permanecer unos cuantos años descatalogado.
No es un libro complicado de leer, pero sí complicado de digerir. ¿Por qué? Porque en este particular universo que nos ofrece Vilas caben todos los planteamientos, todos los recovecos, todos los secretos, todas las intenciones, todas las premisas, todas las incertidumbres, todos los miedos. El mundo al alcance de la mano y el mundo que se escapa. Que vuela, libre de ataduras, dejando incógnitas, planteamientos, sensaciones agridulces, sentimientos encontrados, sentimientos muy profundos, surrealismos. El universo, el que nos ofrece Vilas y también el otro, en estado puro. Y todo lo que eso conlleva, todo lo que eso significa.
El vértigo de la existencia, el precio a pagar por habitar este mundo, el misterio de los días (y las noches, y las madrugadas, evidentemente: todo ese frío), la mueca de la náusea, la grandeza de la música y también la del silencio, el gemido del dolor y del placer, el escalofrío constante, la plenitud esquiva, la tolerancia con el mundo y con nosotros mismos. Extraños, qué duda cabe, en el paraíso. Extraños, sí, aunque el paraíso se torne, llegado el momento, en infierno. Fuego, dolor, desaparición. Falta de dinero, de seguridad, de amor. Infierno y paraíso. Puro contraste por el que transita cada vida aquí narrada. Cada vida, sin más. Ya sin máscaras. A pleno sol, aunque el sol en ocasiones pueda ser también noche casi siempre sin luna ni estrellas. Oscuridad total.
¿Estamos, con permiso de Ordesa, ante el mejor Vilas? Probablemente, probablemente.








