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El Cultural reseña Conversación con la oscuridad

Al inicio de Conversación con la oscuridad. Teorías, intuiciones y escritura del miedo de la escritora argentina Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) leemos: «Me rebelo profunda y sinceramente ante la sugerencia de que el género es una máscara del realismo. Defiendo la literatura de la imaginación con su estatura propia, no como un ata-jo o un rodeo» (p. 13). Y al leerlas líneas, aplaudimos. Luego, en la página 161 encontramos esta otra consideración: «Siempre me preguntan por qué me gusta el terror. […] Me parece un género formidable para hablar de otras cuestiones. Del poder, del cuerpo, de la vulnerabilidad, de casi todo. Sin embargo, también hay una respuesta más corta y más honesta: porque la realidad latinoamericana, y la de Argentina en particular, tiene la estructura del terror. No como metáfora. Como descripción». Y entonces aplaudimos, sí, aunque menos. Sea como fuere, ambos acercamientos, ambas Enriquez, conviven en este volumen sobre el gótico contemporáneo, sobre el gótico latinoamericano y sobre los asuntos y motivos de la celebrada obra de la firmante.

Conversación con la oscuridad es una poética cuyo origen es oral, pues el texto (cuya forma es la del tratado estructurado, en primera persona) proviene de una transcripción y edición de la palabra hablada de Enriquez en una serie de entrevistas. Esta labor corre a cargo de la prologuista Inti Soledad Bustos. A esta atribuyo también la escritura de las 50 páginas de largas notas (muchas veces enjundiosas, bien informadas y expertas en el universo enrique-ziano) del volumen.

En este orden aproximado, los temas son los espacios (el gótico latinoamericano del siglo XXI no cuenta con castillos como el de Vlad Dracul, sino con apartamentos en el «conurbano» de Buenos Aires; tampoco es heredero del boom latinoamericano, aunque sí de Cortázar y del Círculo de las Ocampo); el tiempo (los fantasmas ya no nos llegan del Purgatorio, sino de desdoblamientos cósmicos y traumas de desmemoria); las «subjetividades» (el sentido del duelo, la ausencia de los muertos, los poderes de los médiums); el vulnerable cuerpo físico (el body horror,); y el trauma de la dictadura argentina a fines de los 70.

Hay multitud de referencias literarias (encontramos abundante noticia sobre autores de la generación de Enriquez, camaradas afines a su sentido del espeluzne), así como cinematográficas. En su ameno repaso por lo paranormal contemporáneo y por las experiencias siniestras el texto recurre a la terminología digital, como loop (bucle recurrencial; la autora vive la política de su nación como un loop y, además, también advierte que, a lo largo de sus carreras, los escritores de terror son muy susceptibles de quedarse colgados en un bucle, repitiéndose como condenados en cada libro) o glitch (distorsión del sistema). Asimismo, refiere la nueva materia (en el sentido épico-filológico del término) de las leyendas internáuticas (ej. backrooms).

Me han interesado especialmente las páginas en las que Enriquez habla sobre el taller de Enriquez: sobre el origen, experiencia biográfica o idea, tras tantas ficciones. A veces, también asoma la Enriquez narradora: nos relata una tragedia, y entonces hace lo que mejor se puede hacer a fin de explicar la esencia de la literatura del escalofrío (esencia tan evanescente y refractaria a las causas extrafenomenológicas como el humor), que es… escalofriar. ¡Buh!

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