Por Javier Menéndez Llamazares.
FUENTE: El Diario Montañés – Sotileza
Memoria del horror
La ecuatoriana María Fernanda Ampuero se sumerge en la herida colonial africana junto a la artista keniata Lynn Atieno
María Fernanda Ampuero nunca defrauda. Ni siquiera, cuando le da por voltear el mapa y convertir su habitual América en ese reflejo inverso que podría ser África. También al otro lado del charco Ampuero sigue siendo Ampuero, y su prosa una suerte de goticismo mágico, donde entre lo más grosero y purulento brota de pronto la poesía, la metáfora vibrante y colorida, que a veces simplemente puede ser una sonrisa inesperada o dos ojos incandescentes cual brasas de cigarro. La expresividad y el torrente narrativo de la ecuatoriana cohabitan en un entorno no en decadencia, sino seriamente dañado, a todos los niveles. Conviven como la alcantarilla y la rosa, que decía Juan Goytisolo.
Como en las mejores historias, la autora ni siquiera precisa de coordenadas geográficas ni temporales. Enseguida descubrimos que estamos en el África subsahariana, y en la época poscolonial. Una economía de datos que sirve para ubicarnos en la piel de aquellos para los que cada día se parece demasiado al anterior y al siguiente. Aquellos cuyo futuro ni siquiera está cancelado, porque nunca llegó a existir. Ampuero simplemente nos dibuja un castillo en la costa y nos presenta a una familia que vive de su memoria. Son los guías de las mazmorras, los guardianes de una memoria vergonzante, y se dedican a contar a los visitantes la tragedia de su pueblo: cómo llegaron los hombres blancos, construyeron su granero y lo llenaron de esclavos, que luego se llevaban en barcos para nunca volver. Pero un día llegará la visita de un grupo de inversores, decididos a convertir aquella casa de los horrores en un resort turístico.
Con su habitual prosa envolvente y por momentos casi lisérgica, Ampuero nos irá presentando a unos personajes que, a fuerza de contar el drama, acaban por interiorizarlo. No es, pues, la historia la que se cuenta como memoria viva, sino que el relato se convierte en historia. Una historia que crepita en el corazón y la mente de los guías o de la joven que limpia el castillo, y que reclama justicia con un grito ahogado. Sin embargo, no hará falta que los humildes descendientes se manchen las manos: serán los propios fantasmas quienes condensen el malestar de siglos, materializándose y cobrándose cumplida venganza.
Mención especial, además, para las ilustraciones de la artista keniata Lynn Atieno. Su propuesta estética se nutre de sus propias raíces africanas, sus vivencias y una fecunda imaginación visual. Acostumbrada a colaborar con entidades como Amnistía Internacional, The Guardian o TEDx en proyectos orientados a la justicia social, Atieno despliega aquí un imaginario donde el surrealismo y el simbolismo asumen el mayor peso emocional. Por supuesto, imagen y texto no solo narran sino que invitan al debate. Por ejemplo, sobre si compensa obsesionarse a lo solenoide con unas heridas imposibles de curar, hasta el punto de preferir renunciar al futuro. O sobre cómo es posible que entre tanta inmundicia, porque no se ahorra nada escatológico, Ampuero es capaz de lograr esa rara belleza que a la vez nos conmueve… y nos aterra.






