Manuel Vilas y toda la bondad del mundo
El escritor regresa mañana a Cantabria con ‘Zero’, una publicación hasta ahora inencontrable, que había circulado en reducidas tiradas de editoriales de culto
A lgo diferente y y literariamente muy especial; así será la visita de Manuel Vilas (Barbastro, 1962) a Santander mañana martes a partir de las 19.00 horas. Y es que la obra que presentará en el Ateneo, ‘Zeta’, es prácticamente su obra más secreta. O, más exactamente, ese pequeño misterio que se repite en la solapa de cada uno de sus libros. Una publicación hasta ahora inencontrable, que había circulado en cuidadas pero reducidas tiradas de editoriales de culto. Y por el que muchos lectores, relata el propio autor en el prólogo, le preguntaban insistentemente.
Como en los mejores trampantojos editoriales, Páginas de Espuma y el escritor Manuel Vilas nos ofrecen para la rentrée literaria del otoño un bocado exquisito que, en realidad, sabe a otra cosa muy diferente de lo que promete su aspecto exterior.
Como en los pasteles de pasta fondant, hay que probarlos para comprobar de qué están hechos.
El sello promete que en las páginas de ‘Zeta’, o en más en concreto en su tercera reencarnación, encontraremos ‘misticismo sucio’. Qué fabuloso hallazgo: el término es toda una pirueta crítica, absolutamente certero; de hecho, casi daría para un estudio crítico, solo con todo lo que evoca y la manera fabulosa con que capta el espíritu de Vilas. Sin embargo, el alcance que le adjudica el texto promocional de la contracubierta ya impone lo suyo, porque «busca conocer cuáles son nuestros males más profundos».
No solo eso: nos amenaza además con un «libro disolvente, personal, inasumible, negro y áspero». Como si lo hubiera escrito el enemigo, vamos. Por si fuera poco, el propio autor en su prólogo nos advierte de que no se trata de un libro seminal, sino de un Manuel Vilas diferente al escritor actual. El escritor que era hacia el año 2000, que no es, sostiene, el mismo que conocemos en 2026 y que, en realidad, <<debería llamarse de otra forma, con otro apellido».
¿Qué contiene este ‘Zeta’ tan especial, pues? Sin muchos rodeos, es una colección de relatos descarnados y vibrantes, ambientados en un lugar llamado Zeta -trasunto de la Zaragoza en que vivía entonces-, donde el Vilas del año 2000 aplica la fórmula mágica que hace tan deslumbrante a la poesía: una mirada culta y clásica que decodifica la vida cotidiana de nuestro tiempo, pero que luego reinterpreta con un spray de grafitero en una mano y una caja de pirotecnia en la otra. Alta literatura punk, ni más ni menos. O sea: Vilas lo mismo nos habla de Kafka que de Cantinflas, de Petrarca o El Cid que de Lou Reed, y lo mismo nos cuenta una odisea en una farmacia o sus desventuras automovilísticas que divaga sobre las vergas olvidadas de la historia. Sin cortarse un pelo.
Eso sí, que no cunda el pánico: si algo le sobra a Manuel Vilas es sentido del humor. Y del amor. Detrás de toda su ironía y mordacidad, late una humanidad expansiva y contagiosa. Y, sobre todo, muy generosa. No se engañen: el escritor buscará los males del mundo, pero allí donde mira ve «la fuerza y la belleza y la bondad del universo». Tal cual.








