«La droga fue democrática en los ochenta, unió a pobres y ricos»
Páginas de Espuma reedita ‘Zeta’, el primer libro de cuentos del autor de ‘Islandia’, novela que presentó en el Hay Festival de Segovia
Manuel Vilas (Barbastro, 1962) es hoy un considerado novelista, aunque su inclinación primigenia fue el verso. Su primer libro de relatos, ‘Zeta’, estaba descatalogado y lo ha rescatado Páginas de Espuma, como cimiento arqueológico de una obra narrativa que ha cosechado honores y mercado. Sin embargo, Vilas advierte que esa obra «fue una manera de ser escritor que no continué». De hecho este sábado participó en el Hay Festival de Segovia hablando de ‘Islandia’, la última entrega del surco que abrió con ‘Ordesa’ (2018).
–Era poeta antes que cuentista faceta que inauguró con ‘Zeta’ ¿diversificó su pluma?
–Me inicié con la poesía, sí. Pero este libro nació con la pretensión de contar historias, de narrar. Soy de todo, poeta, narrador, novelista, articulista, ensayista. El único género que no he tocado es el teatro. En España conviene ser de todo si se quiere vivir de esto, una bici de montaña, un todo terreno. Y me alegra haberlo sido, se aprende mucho.
–Dice sentirse un escritor distinto al que firmó este libro. ¿Qué ha cambiado en el Vilas de 1999 y el posterior?
–Soy un escritor que ha evolucionado literariamente a través de su evolución vital. Hay escritores que nacen a la literatura con un mundo que no va modificándose. El mío cambia según la experiencia vivida. El escritor de ‘Zeta’ tenía treintaytantos años, pensaba que no le iba a leer nadie y, en ese sentido, el libro que escribió fue extraordinariamente libre. Ese escritor evolucionó buscando otras formas de expresión, eso sí me ha determinado, he intentado siempre no usar una fórmula, experimentar, abrir puertas. El chaval que escribió ‘Zeta’ desapareció, se lo llevó el tiempo.
–’Zeta’ describen la Zaragoza de los ochenta, en tono gamberro, el que se corresponde con su primera juventud, no con la edad de cuando lo escribe.
–Hay cuentos que recuerdan mi adolescencia. El primero se titula como un disco de Lou Reed, ‘Street Hassle’, habla de cuando tenía 17 años y las cosas que hacíamos a esa edad en mi pueblo que, fundamentalmente, era drogarnos. Casi nadie lo recuerda o les molesta decirlo, pero a finales de los setenta y comienzo de los ochenta, los jóvenes se drogaban. No había conocimiento, ni información. La droga tuvo una dimensión y una función transversal; los hijos de los ricos y los pobres se hacían amigos por la droga, era algo democrático, interclasista, una ironía que clases altas y bajas se unieran por ella. Luego, los padres ricos llevaban a su hijos a centros de desintoxicación y los salvaban mientras los pobres se morían, como siempre. Yo lo dejé porque algo me sentó mal y fue providencial, venció el instinto de supervivencia, el más grande del ser humano.
–¿El efecto lisérgico se dejó sentir en esa literatura más verborreica?
–Sí, tiene que ver con la idea de demolición de las convenciones y también con la de salmodia del rock & roll. Esos cuentos están construidos desde el ritmo insistente del rock.
–Trasluce conciencia de clase, de generación, de provincia.
–Soy el primero de mi familia que fue a la universidad. Hay mucha violencia de clase en esos cuentos, de sentirme pobre. Pensé que la universidad me iba a redimir económica y laboralmente, y no fue así. En mi casa también lo pensaban. Fue otro timo más, la idea de engaño y estafa está en ‘Zeta’. Los ricos siempre eran los otros, esa es la tesis del libro.
–Pero ha ganado premios, ha vendido muchos libros.
–Cuando has sido pobre de joven no te lo quitas nunca, ni aunque tengas 100 millones de dólares. Es un trauma que quizá tenga solución con el psiquiatra, pero también valen una pasta, así que mejor dejarlo. Me dicen que hay obsesión por el dinero en toda mi obra, pero es que está en la vida, siempre preguntamos cuánto valen las cosas, y la literatura lo refleja. Es la sociedad la que está obsesionada.
–Asoma Kafka, ¿qué le fascina?
–En su obra está todo el misterio. Todo lo que la gente da por obvio y natural, de repente lo transforma en algo amenazante, hostil, incomprensible y, a la vez, hipnótico. Eso quería que tuvieran esos cuentos. Hay una nevera, electrodoméstico banal, que en ‘Zeta’ se convierte en un enigma. Lo kafkiano es ese lado misterioso de las cosas, que no son lo que parecen. Si hay un escritor hoy que tiene plaza asegurada como universal y el más influyente es Kafka. Su teoría de lo que creemos normal no lo es está en el mundo que nos rodea hoy y él lo vio hace 120 años. Ese es el prodigio de la literatura, resignificar.
–¿Mantiene su admiración por Robespierre?
–Me sentí atraído por él porque es un punk del XVIII. Parece un personaje de Tarantino, su forma de estar en el mundo, lo que dice del Luis XVI, –que no le puede juzgar porque podría ser declarado no culpable– es un argumento jurídico explosivo, se carga la presunción de inocencia, es muy tarantinesco.
–El Vilas columnista en este diario no es así.
–Intento ser sensato. La literatura no es un terreno en el que la sensatez sea necesaria. Pero en un artículo periodístico la necesitas si quieres expresar o añadir algo a lo q que pasa en el mundo y este del 2026 es así, inexplicable desde lo racional. Entonces hay que apelar al humor, a la comedia, para poder tolerar y admitir lo que pasa en España sobre todo. Vivimos en un clima político de mucha tensión. He dedicado varios artículos a Ceuta.
–En uno, un lector comenta su desacuerdo con usted y anuncia que retira sus libros de su biblioteca.
–Eso sí es una novedad, si no te gusta lo que dice un escritor, como en el paradigma empresarial, le retiro mi apoyo económico, no le compro sus libros. Antes podías estar de acuerdo o no, pero no se te ocurría dejar de comprar sus libros. Ahora se entiende que el libro es mercancía económica y la manera de dañar a un escritor que expresa una idea que no me gusta es jodiéndole el negocio. Eso es un deterioro de la idea de cultura, un deterioro moral, una degeneración. Es como si dejo de comprar libros de Borges porque en una foto de los setenta aparece dándole la mano a Pinochet. Ahora vivimos en la apoteosis de la intolerancia. Hacer articulismo apartidista y reflexivo es casi imposible, se ha convertido en un trabajo de riesgo. Puedes hablar del sexo de los ángeles, de libros, de deportes y ya está. Pero si se quiere describir socio políticamente lo que pasa, corres el peligro de la condena. De todas formas lo que da morbo es el desacuerdo profundo; el acuerdo no cotiza, se prefiere la basura a las cosas positivas.
–Su carrera se lanzó con una obra testimonial, ‘Ordesa’ y ha seguido en la literatura confesional, construida a partir de su vida.
–He sido y soy escritor que utiliza su vida para construir literatura. Tiene una explicación sencilla, no es porque la mía sea interesante, lo que pasa es que para contar una historia necesito creérmela primero yo. Y para eso necesito haberla vivido.
–¿Dónde queda la imaginación?
–Hay escritores de muchos tipos, hay quien se maneja bien en la invención pura y otros se sienten más cómodos utilizando lo que han vivido. También es cierto que la gran tendencia universal en todos los países es la de escritores que utilizan su propia vida.
–¿Fue un vampiro que, a pesar de todo, logró ser escritor?
–Entonces no era un escritor social, es decir alguien que escribe y es leído. Uno no se llama a sí mismo escritor, lo dicen los lectores. No hay escritor sin lectores.
–De aquel joven despreocupado al escritor premiado, ¿siente más responsabilidad ahora?
–Condiciona mucho porque construyen conviertes a tus lectores en tus grandes amigos, los compañeros de tu vida. Cuando tu libro toca el corazón de tanta gente es adictivo y quieres que siga pasando. Hay algo hermosamente humano en esa compañía de amistades invisibles. Lo notas en los clubes de lectura, en el contacto con los lectores. Nadie quiere defraudar a sus amigos y para el escritor, los lectores son sus amigos.








