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El País entrevista a Mariana Enriquez

Por Andrea Aguilar

FUENTE: El País

“El vampiro hoy come dátiles y la bruja está con el sérum”

La escritora argentina reúne sus ideas y reflexiones sobre la literatura de terror en ‘Conversación con la oscuridad’

Cuando de niña leía La odisea, a Mariana Enriquez (Buenos Aires, 52 años) lo que le gustaba era la parte en que Odiseo bajaba al infierno, y quería saber más sobre los aterradores monstruos Escila y Caribdis. También en la Biblia tuvo claro que su episodio favorito era la matanza de los inocentes. Aunque era chica quería “rock”, recordaba afable y divertida el pasado viernes en Barcelona, en una de las paradas de su gira por España, adonde ha viajado desde Tasmania, donde reside desde hace un año con su esposo.

Figura indispensable de la narrativa actual, aclamada por crítica y público, la autora de Nuestra parte de noche o de las colecciones de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego, Los peligros de fumar en la cama y Un lugar soleado para gente sombría (todos en Anagrama) reúne ahora en Conversación con la oscuridad (Páginas de Espuma) sus reflexiones, opiniones, humor, profundidad y vasto conocimiento sobre la literatura de terror y el gótico. Hilado a partir de clases, conferencias y entrevistas —con la ayuda de la académica Inti Soledad Bustos y el editor Juan Casamayor—, el volumen se estructura en cinco bloques sobre el espacio, el tiempo, la subjetividad, los cuerpos y el trauma, y propone una charla francamente ilustrada y divertida con el lector sobre el horror pasado y el presente y sobre cómo la literatura ha empleado y emplea ese miedo incontrolable como ”material de construcción”. La mente inquieta y la infatigable curiosidad de Enriquez, periodista además de escritora, guían esta Conversación con la oscuridad en la que la autora reivindica la presencia de lo macabro en lo cotidiano, y señala la marca indeleble que los horrores de las dictaduras han dejado en su literatura. Escribe: “El espacio gótico y el espacio del trauma político o del duelo impedido no son analogías, sino que son distintos lados de la misma herida”.

Pregunta. ¿El terror es una forma de reivindicar los márgenes?

Respuesta. Hay una sensibilidad, bastante inexplicable, que te acerca a eso. Luego, cuando lo entendés, un poco más y ves que a los demás eso les parece repulsivo. Una siente que tiene la capacidad y el disfrute de ir ahí y salir totalmente indemne. Eso es un superpoder y lo terminás reivindicando.

P. Como escritora, tardó en llegar a este género.

R. Siempre quise escribir terror, pero no sabía cómo y no me puse a estudiar cómo hacerlo. En Bajar es lo peor introduje elementos como el trío infernal, y esa relación entre los dos personajes principales un poco a lo Entrevista con el vampiro. Era 1995 y el libro está escrito en clave de realismo sucio. Después escribí una novela fantástica de terror que llevé a editoriales, pero no funcionó porque no sabía cómo hacerlo. Seguí con el realismo en Cómo desaparecer completamente. Y luego me dije ‘Por acá no puedo hacer nada más, vamos a hacer terror y a ver cómo lo hago’.

P. ¿Y entonces?

R. Me puse a leer de vuelta todo, por ejemplo, Stephen King. Y vi que yo no puedo escribir sobre Providence, ni fanatismo religioso baptista más masacre escolar, porque eso no existe en Argentina. Me puse a pensar qué existe en América Latina o en mi ambiente. Lo mismo con Edgar Allan Poe. Mi primer cuento de terror, El aljibe, es sobre una chica que tiene un ataque de pánico y no puede salir a la calle: es mi traslación de la ultraparanoia de Poe al trastorno de pánico. Además, empecé a escribir con un punto de vista de narradora femenina. Para hablar de ese tipo de terror muy cercano porque es muy íntimo, me sirvió.

P. ¿Cómo fue ese cambio?

R. Pensé, como todas las escritoras, que soy mujer, ergo puedo escribir una narradora, pero no. En mi vida lectora a esas alturas había leído muchos más narradores masculinos que femeninos. Ahora leemos más mujeres porque se descubren y publican más.

P. Después de una década escribiendo terror, ¿llegó el momento de ordenar sus ideas sobre el tema?

R. En todo este tiempo seguí investigando el terror, no solo la escritura técnicamente, porque eso más o menos te sale o no. El terror tiene que funcionar y, si no, ciao. En comedia, vos no podés estar cinco años tratando de hacer reír, y el terror es lo mismo. Pero en cuanto a qué conforma todo el campo, qué leo, qué me interesa, desde dónde lo pienso, seguí.

P. En el ensayo reflexiona sobre el lugar que el terror ocupa hoy en la narrativa latinoamericana. ¿Asume formar parte de una corriente?

R. No me gusta tomar la palabra por gente que no soy yo, decir que somos parte de este movimiento, ni esa noción de equipo, porque cada escritor escribe y hace lo que quiere. Pero llega un momento en que no podés no ver las conexiones: hay demasiadas escritoras y escritores de América Latina trabajando en terror, new weird, fantasía oscura, gótico, ciencia ficción muy extrema. Gente como Luis Barragán, colombiano lovecraftiano; Luciano Lamberti en Argentina, que ha ganado el premio Clarín con una novela sobre necromancia y dictadura; Maximiliano Barrientos, que es boliviano y escribe black metal andino; Mónica Ojeda con Nefando y los cuentos de Las voladoras; Fernanda Trías con esa cosa apocalíptica en un lugar tan gótico como Montevideo. Claramente es algo que está pasando, pero no está la idea de movimiento y me parece bien. Sí hay una sensibilidad compartida.

P. Y se da en un continente, según señala en el ensayo.

R. La experiencia como ciudadano y persona traumatizada por la migración, la violencia, la desigualdad, no puede no estar.

P. Apunta que se exige a los ciudadanos inmunizarse ante la desigualdad y la violencia. ¿Esa normalización es lo espeluznante?

R. No hay normalización de esto en nuestros países. Naciste con eso, históricamente conviviste con eso, es normal, es tu vida, es el mundo en el que vivís.

P. ¿Ahí encuentra la grieta para adentrarse en el terror?

R. Sí. Esa mala leche que tienen a veces mis personajes es resentimiento y supervivencia. No es una rabia gloriosa, es una pasión más baja, pero que te permite seguir y superadaptarte, y eso es lo que tienes que hacer. No son condiciones nuevas, son condiciones de tus padres, son probablemente condiciones de tus abuelos, de toda tu clase social. Esa clase media maltratada por muchas crisis económicas explica ciertos virajes políticos. Porque llega un momento en que vos tenés 60 años y decís: probemos esta locura a ver si ocurre algo.

P. ¿Y el terror?

R. Se filtra en eso, porque estás toda tu vida en un permanente estado de alarma. Y es esa condición pavorosa de pensar que estoy esperando el golpe, esperando cuándo va a pasar.

P. Señala el tiempo como un elemento clave. ¿Hoy se mira menos al futuro que al pasado?

R. La noción de políticas de la memoria que yo revindico al cien por cien en realidad es la memoria del horror, porque políticamente es lo que hay que recordar para no repetir y para la búsqueda de justicia y qué sé yo. Hay una insistencia diaria y política de la memoria que si lo atravesaste en tiempo real no se termina nunca, un loop, un tiempo detenido.

P. El trauma vuelve. Cuenta que a veces le dicen que deje de escribir de la dictadura.

R. Como escritor uno trata de ser lo más honesto posible con lo que tiene para contar y decir. Mientras siga supurando esto, es de lo que tengo o quiero o puedo escribir. Entiendo a la gente joven que no está en ese lugar. Mi generación pasó por millones de etapas con la dictadura. Tienes la infancia en dictadura, la revelación de todo lo que pasó, el encuentro con la gente de tu generación que es hija de desaparecidos. Muchos son artistas y están cambiando la mirada, hay una búsqueda de diferentes lenguajes para hablar de ese tiempo.

P. Muchas maneras de volver a leer aquello.

R. Es un tema que sigue latiendo, porque fue muy contemporáneo a nuestra vida en todo el proceso de lo que significó y de lo que significa ahora.

P. Describe el duelo como la experiencia más universal de lo fantástico.

R. En los primeros momentos es absolutamente liminal. Más allá de las personas, con una mascota la primera vez que vuelves a la casa la sientes. La producción de ese fantasma te dirán que es psicológica y, está bien, la tristeza también es psicológica y es real. Podemos vivir un poco en un mundo menos básico: no tengamos tanto miedo a imaginar. Lo que me gusta del terror es que permite articular los pensamientos jodidos.

P. Lo que no nos queremos decir.

R. Sí.

P. Habla de la desaparición de Miguel Bru y de cómo eso le marcó. ¿La identidad está marcada por cosas no solucionadas que vuelven?

R. En la muerte de Miguel hay algo muy significativo en cuanto a la formación de mi imaginación. Eran años en que estábamos en plena fiesta y a él lo secuestra la policía y lo matan dentro de sus dependencias y su cuerpo nunca aparece. Estábamos en democracia y se reproduce la narrativa de la represión del terrorismo de Estado, un secuestro, una negación de que eso ocurrió, el gaslighting. Los tipos habían reconstruido la comisaría para que cuando alguien declarara que había una ventana ahí ya no estuviera. Es lo siniestro, lo liminal y los back rooms. En medio de la primera juventud fue como decir “Chicos, la historia de ustedes vienen de esta matriz de mierda”. A todos nos cambió mucho.

P. Escribe sobre horrores que están en nuestra actualidad, temas como la inmortalidad o el transhumanismo.

R. Lo que me perturba es la enmierdización de dos conceptos que para mí durante mucho tiempo fueron tan románticos y atractivos: el vampiro y las brujas. El vampiro se convirtió en algo estéril, lleno de suero, que come dátiles, ultrasano. Es una tremenda decepción para alguien con una imaginación romántica. La bruja está hoy con el sérum. Cómo no estar deprimido cuando tus mitos atractivos y marginales y oscuros se convierten en esto plano y feo y caro.

P. ¿La vuelta del terror como género literario es un síntoma de la búsqueda de lo romántico y lo emocionante?

R. El terror es como un humanismo, aunque suene bestia. Está en busca de esas sensaciones humanas.

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