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La Voz de Galicia entrevista a Sofía Balbuena

Por Héctor J. Porto.

FUENTE: La Voz de Galicia

Sofía Balbuena, escritora: «El cuento es más difícil de hilar que la novela, no puede haber palabra de más, no puede haber palabra de menos»

En su primer libro de cuentos, «Personaje secundario», con el que ganó el premio Ribera del Duero, la narradora argentina centra su mirada en mujeres normales que cuestionan su propia importancia, «que sufren, que tienen algo dentro que deben echar para afuera».

Sofía Balbuena (Salto, Argentina, 1984) decidió sumarse a esa maravillosa generación de autoras de América Latina que han hecho del cuento uno de sus espacios preferentes de creación. Terminó un hatillo el pasado 30 de diciembre y supo que había llegado a algún lado. Después, con Personaje secundario, se impuso en el premio Ribera del Duero, cuya obra ganadora edita Páginas de Espuma. —Había usted escrito ya una novela, «Sutura», pero decía que se seguía sintiendo una arribista. —Es una novela con un suceso autobiográfico como germen, aunque hay un trabajo de ficcionaliza-ción, siempre literario. Había publicado varios libros que podían leerse desde ahí, y pensé: quiero aprender a hacer algo nuevo y desarrollar herramientas que no sabía si tenía. Quería saber si no estaba escribiendo ficción porque no quería o porque no podía. —Una especie de desafío… —Estaba becada en la Universidad de Iowa y me quedaba solo una entrega. No tenía ganas de embarcarme en un proyecto largo porque acababa de concluir la novela con que me gradué, Sutura. Escribí un primer cuento y muy rápidamente un segundo con un universo que ya tenía como cosas en común, con variaciones de trama pero con cierta la-tencia constante. Cuando apareció la convocatoria del Ribera de Duero y el deadline [plazo], dije: quizás es momento para retomar esos cuentos y armar ese libro. —Parece que lo logró, sí. —Incluso si no hubiese ganado el premio, igual había logrado algo valioso: haber aprendido a hacer algo nuevo, que me costó, que fue dificultoso pero que me dio muchísimas herramientas. Si con la no ficción uno ficcionaliza constantemente, la voluntad de poner a ejercitar la imaginación de manera consciente es otro show. Cuando me trababa, iba a caminar dos horas sola por Madrid Río, volvía y quizás había destrabado ese problema que tenía que no sabía qué iba a pasar. Eso me generó muchísimo entusiasmo, una renovación de los votos con la escritura que descubrí en la ficción. Y que aún me emociona. Porque si lo que pasó con el premio no hubiese pasado, igual yo tenía eso. Y eso para mí termina siendo incluso lo más importante. —¿Qué buscaba en la ficción? —La posibilidad de habitar conciencias o lugares de enunciación

que no fueran asimilables a la escritora que soy, la persona que soy, las experiencias que tengo. De ponerme en otros lugares, construir otras voces y aprender a pensar como otras personas, como en un tren de pensamiento ajeno. Tener la capacidad de imaginar toda otra conciencia La ficción me dio acceso a sensibilidades con que no había podido sentir empatia antes. —Dejó por fin el «yo» aparte. —En este libro no hay nada de autoficción. Es todo ficción. Cada cuento tiene su personaje secundario, que es protagonista. —¿Puede leerse el libro como un artefacto novelesco? —No. La elección del cuento fue deliberada. La novela te da muchas cosas, pero no necesariamente te da la posibilidad de un corazón común al que entrarle por distintas puertitas. Es una especie de prisma, hay una sensibilidad común, una serie de intereses que se van plasmando en cada cuento, pero hay tramas que lo reflejan de distinta manera. —Un vínculo común. —A lo del personaje secundario cada vez le encuentro más sentido. A menudo las protagonistas son mujeres que son gente normal, a las que no les pasa absolutamente nada fuera de lo ordinario. Y el suceso, la textura que va recubriendo toda la narrativa, es justamente esta cosa de lo cotidiano, el tejido de lo normal, como el espacio en donde pasan las cosas, como el reino de lo íntimo. Son mujeres que no serían las protagonistas de un programa de televisión o una película. Esas mujeres están orbitando en relación a otro personaje que, en su vida, es principal. Más allá de que el cuento está focalizado en ellas, ellas están mirando a otro lado, a otro sujeto; se posicionan como personajes secundarios. —Mujeres en sus dilemas… —El corazón del asunto es ese cierto mundo interno que tenemos las mujeres. Decía Natalia Ginzburg en A propósito de las mujeres que había conocido toda clase de mujeres pero que todas, sin excepción, madres, no madres, casadas, solteras, mayores, jóvenes… tenían una tendencia a caer en el pozo. Un concepto que señala que tienden a cuestionarse a sí mismas, su importancia. Y eso, decía, y lo escribió hace cien años, es porque no hemos sido educadas, criadas o socializadas para ocuparnos de lo relevante: nuestras cuestiones son menos importantes que las de los hombres.

—Como en un temor latente…

—No le tendría que haber mandado ese mensaje. Quizás eso ha estado de más. Y si le escribo estará enojado. Ay, no sé, me parece que no la saludé bien a la vecina y por ahí se me ofendió. Todo el tiempo estamos revisando lo que hacemos. Tenemos eso adentro. Ese mecanismo es el gran personaje secundario. Cómo estamos todo el día rumiando en silencio, sin comunicarlo, y cómo eso, a veces, sale, explota fuera, lejos de cómo nos gustaría que eso saliera. —El cuento, para un hispanoamericano, es una tradición y una responsabilidad muy especial. —Es más difícil de hilar que la novela. La novela tiene más espacio, puedes relajarte. En el cuento no puede haber palabra de más, no puede haber palabra de menos. —¿Cómo asume esa tradición? —Yo voy con todo. Y a todos lados voy con mucho respeto, a la no ficción, a la novela… porque he leído y porque entiendo el peso de lo que está antes. Estos días me acordaba de una frase de Mace-donio Fernández que dice: «Todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían desde la más sentida nada». Es decir, el mundo fue inventado de antiguo. —Usted no va a inventar nada. —No vamos a inventar nada. Yo no voy a escribir mejor que Bor-ges, no tengo esa intención. Sin embargo, igual tengo algo para decir. Como lectora aprendí, ha sido mi escuela, estudié toda mi vida, y voy con la responsabilidad de tener una idea somera de qué hay bajo el sol. Pero al tiempo soy un poco impertinente en el sentido de que «no voy a no hacerlo». —Macedonio era mente retorcida. —Sí, pero con mucha conciencia del estado del arte. Y yo trato de ser responsable. Salvo cuando tengo que romper mi propio prejuicio. Soy lo suficientemente impertinente como para intentar algo que quizás no va a ser una obra maestra pero que, de todos modos, sé que tengo algo para decir. Yo no es que quería escribir, yo me fui a escribir un libro de cuentos, desde el inicio hasta el fin, en una unidad de sentido que quería experimentar a través del cuento. —Hubo una premeditación. —Armé el libro como proyecto. No uno con los cuentos que junté durante muchos años, para nada. Lo empecé y terminé pensando en que todo estuviera cosido, en relación, en que, incluso cuando hablan de distintas cosas, las cosas que me parecieran importantes se fortalecieran en la lectura.

 

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