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Raúl de Tapia en El Asombrario

El Asombrario - Público

Por Rosa M. Tristán

FUENTE: https://elasombrario.publico.es/da-miedo-que-la-gente-no-distinga-la-naturaleza-real-de-la-creada-con-ia/

“Da miedo que la gente no distinga la naturaleza real de la creada con IA”

 

Hoy, 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, ‘El Asombrario’ lo celebra junto a FSC entrevistando a Raúl de Tapia Alcanduerca y su pasión por los árboles. Raúl es más que un biólogo y un educador ambiental. Sobre todo es un emprendedor de nuevos caminos por los que intenta, por un lado, sanar las heridas que algunas actividades humanas dejan en la Tierra y, por otro, abrir nuevos caminos por los que poder alcanzar las conciencias de quienes sólo buscan en la naturaleza un objeto más de consumo para inocularles el virus de la pasión por la conservación. Fundador y director de la Fundación Tormes, colaborador del programa ‘El bosque habitado’ de RNE, divulgador y también escritor, este salmantino ha creado, junto a su equipo, un pequeño paraíso en la finca Aldehuela de Tormes, en Almenara de Tormes (Salamanca). Recientemente ha presentado junto a la escritora Clara Obligado el libro ‘Un árbol de compañía’, un diálogo a dos bandas que nos habla de la conexión de los humanos con esos gigantes que nos alimentan el espíritu, una obra que aúna el amplio conocimiento de Raúl con la magia de las palabras de Clara. 

¿Cuál era vuestra idea al escribir ‘Un árbol de compañía’?

La idea surgió de Clara, con la que compartía paseos y charlas sobre la naturaleza. Le hablaba de los árboles, aportándole los datos científicos que ella no conocía; de hecho, me animaba a que le contara historias que no había contado antes, hasta que un día me propuso que aquellas charlas se convirtieran en un libro. Ella aporta la mirada de la literatura, del exilio y la memoria, y yo lo que conozco de la botánica, la ecología y el paisaje. A través de conceptos botánicos, como las raíces, la corteza, las semillas, surgen reflexiones sobre la condición humana. Son dos ramas que se entienden. En definitiva, la obra es una larga conversación en la que nos preguntamos y respondemos tratando de entender la mirada del otro. 

¿Por qué ese título?

Los árboles son lo que cuidan nuestra salud cada día, combaten la contaminación que generan los coches, convirtiendo el dióxido de carbono en oxígeno, pero los vemos solamente como mobiliario urbano. Tenemos ceguera arbórea y queríamos acabar con ella, recuperar la amistad con ellos. Y no solo que se tenga un árbol de compañía, sino además que quien lo lea al final plante alguno, que elija uno para cuidarlo. Y para ello Clara aporta la poesía a mi lenguaje más científico.

No es tu primer libro, porque hay otros, como ‘Arboreto sonoro’, de 2022, pero ¿cómo ha sido hacerlo a cuatro manos?

Clara tiene herramientas literarias que yo no poseo. Ella tenía el libro en la cabeza e iba haciendo cambios sobre la marcha que solucionaban los problemas que aparecían. Iba colocando las partes, encajándolas como un rompecabezas. Para mí ha sido un aprendizaje magnífico de cómo se construye un libro. En el Arboreto Sonoro hay 50 historias independientes, pero aquí tenemos un hilo narrativo constante. Y desde el primer texto que escribimos, fue evolucionando como un organismo vivo. Clara dice que es una lectura sin tropiezos. Y decir que todo lo que se cuenta nos ha ocurrido. 

“Tocar la piel de un árbol es sentir lo que lleva grabado…”. Es un libro para recrearse en cada frase. En tu caso, la fascinación por la vida natural, ¿de dónde te viene?

De pequeño ya salía mucho al campo con mi familia y fue surgiendo un naturalismo infantil que me llevaba a hacerme muchas preguntas de todo lo que no entendía. Luego estudié Biología y me hice voluntario de una asociación juvenil. Ya entonces tenía la pulsión de compartir con los demás lo que aprendía. Y me sigue pasando. Me parece un acto de egoísmo no hacerlo. En esa asociación comenzamos a trabajar en los barrios de Salamanca organizando recogidas de residuos, como el papel, allá por 1992. Ese año, para el Día del Árbol, logramos que participaran miles de personas que nos traían periódicos viejos. Y conseguimos que Salamanca fuera la ciudad que más recogiera de toda Castilla y León. Ahí comprendí que había dos caminos: ser naturalista más científico o dedicarme a los problemas ambientales y tratar de sacar a la gente al campo para que aprenda y vea que nuestros hábitos de cada día son parte del problema, que si no actuamos vamos a tener muchas dificultades.

¿Y cómo fue crear la Fundación Tormes, ese espacio de acción y educación?

Estuve unos años como investigador en la Universidad, pero a mi hermano, que es ingeniero y trabajaba ya en restauración de paisajes degradados, le ofrecieron ejecutar la restauración de una antigua gravera en Almenara. Yo tenía el conocimiento ambiental más teórico y me atrajo la idea de recuperar un lugar muy intervenido. La finca en cuestión la había adquirido la familia Espinosa Barro. Ese fue el origen de la Fundación. En los años que nos llevó restaurar el lugar, aprendimos todo. Esa gravera era un vertedero y al principio ni sabíamos cómo empezar, porque casi no había material sobre restauración de espacios en España. Teníamos que imaginar cómo sería el lugar 15 o 20 años después. Era todo experimental, prueba y error. Ahora es un humedal con lagunas conectadas y tiene mucha vida. La explotación alcanzó el nivel freático y ahora tienen agua. Allí está nuestra sede. En ese lugar hemos pasado 25 años y seguimos aprendiendo. 

Y de la finca a restaurar espacios en el resto del país, todo un salto cuando aún las empresas estaban a otra cosa…

Sí, justo en la crisis de 2008 decidimos empezar a ofrecer nuestra experiencia, tanto en el ámbito de la educación ambiental como asesorando a empresas en la restauración de graveras y canteras afectadas por su actividad. Entonces, lo habitual y más visible que hacían era plantar arbolado, más que hacer un seguimiento del terreno durante años. Nuestro enfoque es otro: restaurar lo dañado. Ya hemos trabajado en 52 explotaciones, tanto en la península como en Baleares. Eso requiere ir probando lo que es mejor para cada lugar, porque son distintos. Al final, tenemos una gran batería de soluciones técnicas que hemos ido mejorando. En unos sitios repetimos las que sabemos que funcionan y en otro probamos nuevas. Con los años hemos empezado a implicar a las empresas para que ya durante la explotación pongan en marcha planes de gestión de la biodiversidad, porque en muchos de estos espacios se crean hábitats incluso cuando están extrayendo materiales. Y la fauna es sorprendente: he visto parejas de búho real anidando junto a grandes máquinas en movimiento. Por eso trabajamos para que cambien sus modelos de trabajo y causen el menor impacto posible.

¿Y han confiado en vuestro criterio ambiental?

Al principio no voy a negar que había desconfianza. Nos veían solo como ecologistas. Curiosamente, desde algunos sectores ecologistas también desconfían de nosotros porque trabajamos con empresas, pero, al final, acabas siendo un vaso comunicante entre ambos; por un lado, se trata de que la empresa entienda que puede hacer las cosas de otra manera y, por otro, que los conservacionistas comprendan el funcionamiento empresarial, dado que a veces hacen cosas inadecuadas por desconocimiento. Ahora les elaboramos planes de restauración que hace 15 años eran inimaginables. Al principio lo que querían era reforestar y hubo que convencerles de que el objetivo es devolver un ecosistema a un lugar que han cambiado de forma drástica, pero hacerlo con una alternativa adecuada. Hoy buscamos revegetar, con el objetivo puesto en que vuelva fauna. Eso requiere un seguimiento por su parte, al menos fijado en tres años. Para ello, hacemos mucha investigación en los lugares y con la colaboración interdisciplinar de ingenieros y técnicos de las empresas. En este tipo de minería de áridos, al final estamos educando en medio ambiente tanto al que lleva la retroexcavadora como al jefe de planta o al director económico. 

Como experto en restauración, ¿cómo ves las posibilidades del reglamento que se ha aprobado en la UE que pretende restaurar en cuatro años el 20% de lo degradado?

Es un salto tremendo pasar de no ver la necesidad de restaurar a que se legisle a favor. Ahora que trabajamos en Argentina, vemos que allí están a años luz de la UE. Lo importante es que esa norma vaya bajando al nivel estatal y autonómico sin que se le pongan trabas. Son cambios que cuestan, pero cuando se entra en esa dinámica, no hay vuelta atrás, salvo que vengan totalitarismos a los que les da igual todo. Y es que no se trata solo de las empresas, sino también las administraciones. Ahora llegan técnicos más jóvenes que ponen menos trabas a nuevas propuestas. Lo que no quita que persistan problemas. En una sierra de Málaga propusimos poner encinas y otras especies en un terreno en vez de reforestar con pinos y convencimos a la empresa, pero el ayuntamiento se negó porque decía que allí, desde 1950, había un pinar. Al año y medio, el pinar ardió. No podemos olvidar el cambio climático. La naturaleza tiene un gran potencial de recuperación, pero esa potencia está hoy más menguada. Lo que se logra en Euskadi en dos años, en el sur precisa una década por falta de agua. 

¿Crees posible dejar de generar estas heridas en los paisajes?

Duele ver tantos paisajes intervenidos. Durante un tiempo tuve que dejar de verlos porque no podía más, pero la realidad es que todos queremos hospitales, casas, carreteras, colegios, y los materiales para ello salen de la tierra. El catedrático José Francisco Martín Duque, geomorfólogo, que lleva la red de restauración en España, defiende que lo importante es que cada plan de explotación sea también el plan de restauración; es decir, que desde el principio, las empresas tengan en cuenta cómo será la zona en 20 años, que no quede el lugar empantanado. Si lo que queda es un vertedero, como lo era nuestra finca, nadie querrá minas. Pero son necesarias si usamos un móvil, un coche o queremos vivienda. Es innegable que vivir junto a voladuras continuas no es deseable para nadie. Pero ¿qué hacemos? Nosotros, restaurar estos espacios que son canteras y graveras y que ocupan 70.000 hectáreas en España para devolverlas la vida. 

Visité vuestra finca en Salamanca y es impresionante la recuperación, pero también esa exposición de ‘Arte Emboscado’ que conjuga la naturaleza con la cultura. La otra pata fundamental es vuestra actividad educativa, ¿Cómo llegasteis a este enfoque?

Con los años he visto que tanto en la educación como en la comunicación ambiental hay un techo de cristal. Los únicos que se interesaban en nuestras actividades eran escolares, pero no adultos sin un interés previo en la naturaleza. Y hay que llegar a ellos. A raíz de ver una escultura de Isaac Cordal, que me impactó por su denuncia ambiental, comprendí la importancia de llegar a la parte emocional de las personas a través del arte y la cultura, que puede ser también de denuncia. Por eso lo introdujimos en nuestro ecosistema con esa exposición permanente. Luego comenzamos a trabajar también con librerías, a llevar a escritores y poetas a la naturaleza, etcétera. En 2025, con la Universidad Pontificia hemos iniciado un proyecto llamado Ecos del Claustro, siempre buscando ese diálogo con la ciencia. En su claustro barroco, donde hay 20 parejas de cernícalo primilla, cuyos cantos de reclamo en primavera rebotan en sus paredes, hace un año organizamos un acto con el paisajista sonoro Carlos de Hita; fue todo un éxito. Este trabajo con disciplinas artísticas nos permite llegar a un público que no vendría a ver aves. Incluso tenemos un curso sobre disciplinas artísticas como herramientas de comunicación y educación ambiental para el profesorado, estamos colaborando con el violinista Raúl Márquez, que ahora trabaja con De Hita la banda sonora de los paisajes del Tormes, y organizamos conciertos en bibliotecas en los que está presente el mensaje ambiental. 

En general, en estos tiempos revueltos, ¿cómo ves que evoluciona la conciencia ambiental? 

Cada vez cuesta más llegar a la gente. Las nuevas tecnologías, los móviles, aumentan la información, pero no la responsabilidad. Tras el confinamiento del COVID, el centro de la fundación se llenó de un público nada habitual en el campo, de los que llamo Homo Carrefour, que se quejaban de que no podían consumir y se perdían en una corta ruta circular. Al ir a un centro comercial comprendí que allí todo son carteles, así que pusimos flechas en el camino. En todo caso, ese boom por la naturaleza se diluyó en cuanto abrieron las tiendas. Llevo en esto desde los 18 años y nunca vi tantos cambios en nuestra naturaleza, pero a la vez, nos hemos aislado, o nos han aislado, de ella a tal punto que se desconoce totalmente. Ahora nos llegan bellas imágenes de un martín pescador por el móvil y pensamos que eso es lo que hay que ver nada más llegar a un río. No hay paciencia para mirarlo. Y es que esas imágenes no son la realidad. Ahora me da pánico porque la IA hace aún más complicado discernir lo real. Vi un rescate de un pingüino en un vídeo que, como biólogo, me chirrió. La gente no va a saber reconocer la naturaleza real de la inventada si se educan por el móvil y la IA. Incluso pasa con los miradores paisajísticos. Antes, eran lugares de disfrute, para embelesarse un rato. Ahora son para hacerse un selfie. Es más, se saca el mirador de diseño y no ese paisaje detrás con una historia de 200 millones de años. Eso es estar desconectados.

Nuestro cerebro y nuestro cuerpo evolucionaron en un entorno natural, no para estar dentro de una pantalla de 6 x 4 centímetros. Con la IA incluso nos pueden cambiar los recuerdos que tenemos de personas de nuestro pasado que ya murieron. Es terrible. Para avances en conocimiento científico es espectacular, pero cuando se usa para estas cosas es un peligro que da miedo y hay que ser conscientes de ello. 

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