Por Manuel García Pérez
FUENTE: Mundiario
No hay un canon preestablecido en esta aventura que emprende Claudia Ulloa en El miedo terrible de ser un animal (Páginas de Espuma). La lengua también crece y evoluciona, y la sintaxis se abre y se cierra para crear mundos que se alejan de lo meramente intuitivo. No es una prosa al uso la que emplea la escritora limeña. No hay nada previsible. Los relatos de tienen mucho de Cecilia Eudave, de un surrealismo que echa raíces en la vicisitud, en la pericia, en la anécdota, porque aquí las tragedias se montan desde los objetos y los animales, en ese ecosistema en el que todo parece mentira en un principio, pero que, con el talento narrativo de la autora, todo lo irracional se vuelve verosímil: «Después de visitar cielos y tierra, me moví por las calles de Ugla y llamé a las puertas de las demás casas que yo misma había creado. Visité a mi grey tomando forma de repartidos de comida, mascota perdida y viento invisible. A cada mujer que me abrió la puerta le asigné una laguna y una habitación propia; a cada hombre una montaña y un parking con garaje». (pág. 13).
No se trata de experimentar con el relato, porque Claudia Ulloa no hace experimentos con la literatura, sino que fía a la creatividad de voces como Faulkner, Woolf o Silvina Ocampo la madurez de su propia escritura; una escritura que paradójicamente asume la vanguardia como un legado clásico. Una vertiente por la que la realidad se encauza más de lo que creemos. Porque el mundo en el que vivimos solamente es traducible desde el exceso y la hipérbole, desde fabulaciones que absorben las secuelas del estrés: paranoias, desquicio, ansiedad.
Así sucede con esa rara felicidad que proporciona a una familia la exhibición de un cóndor en «Hielo para marcianos». La épica es relativa, porque aquí las posibilidades de lo trágico son imprevisibles, suceden en escenarios cotidianos, afines a nuestra cultura, pero se nutren súbitamente de extrañas vibraciones, de animales que aprehenden la realidad de los hombres y nos la trasladan como un relato animoso y moralista.
La colección de cuentos se inaugura y se cierra con una creación del mundo paralela que recuerda al Popol-Vuh o a esos relatos borgesianos en los que el prisionero crea imágenes sobre tigres hasta que cobran vida. Porque lo relevante en la poética de Ulloa es que el envés de la realidad fiable y sólida es más contundente que aquello que parece tangible. La verdad insiste en residir al otro lado del espejo: «Desde que tengo memoria, los únicos animales que he visto en casa estuvieron siempre en la cocina, desollados y descuartizados sobre una tabla de picar. (…) Ellos odian a los animales y yo los odio a ellos. Cómo no odiar a seres así de crueles. Después de ver la violencia de mis padres con mis propios ojos, dejé de traer animales a la casa.(…)» (págs. 31-33).
La percepción del mundo se ha agotado en un realismo narrativo que hay que superar porque el pulso de la sociedad es otro, desmedido y depresivo. Ese intento de aspirar a nuevas expectativas inestables hace que los relatos de Ulloa se aproximen a esa máxima borgesiana en la que la filosofía no deja de ser una rama de la literatura fantástica. Por eso, un cuento como «Yellow» pone todo patas arriba, pues una mascota es capaz de alterar el orden de las cosas y permitir que contingencia y sueño sean una misma materia. Y algo similar sucede con ese origen del mundo a partir de un gato («La génesis de Ugla») donde Ulloa se nutre probablemente de cuentos emblemáticos como «Las ruinas circulares» o «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius». Los referentes son acertados, los mejores para crear de la nada un barrio noruego por el que se va a pasear una mascota. La creación es víctima y presa de los sueños.
Porque, en esta colección de relatos, lo que abunda son las metamorfosis, los animales como oráculo y talismán, animales y parlantes que transforman las convenciones y que interrumpen el ritmo acomodaticio al que se acostumbran las rutinas. Fascinante por la intriga que Claudia Ulloso pergeña con un aire de aparente improvisación, es el cuento de Julio Lema y su sonido bestial en el que las vibraciones son capaces de poseer a un preadolescente hasta llevarlo a un estado cataléptico. Es aquí donde la poética de Ulloa confirma que el surrealismo no es una estética frívola, sino que puede adquirir forma, volumen, apuntar hacia la verosimilitud y que se cumpla algo así es inquietante.
El sujeto es periférico en estos textos, porque es el tótem atrapado en las criaturas el que se hace visible y alcanza a los personajes ideados, además, por una mezcla insólita entre lo onírico y una condena kafkiana de la que no pueden librarse. La fábula se abraza al relato y las perspectivas de animal y hombre se fusionan como sucede en «Alto Alce», ya que la verdad de los acontecimientos pasa por el filtro de lo que piensa el cérvido: «Otra cosa que tenemos en común con los humanos es el escondernos, pero las situaciones son diversas. Los alces no nos escondemos para aparearnos; los humanos sí. (…). Los alces nos escondemos para que no nos maten y os humanos se esconden para matarnos y copular». (pág. 116).
Hay mucho de Bioy Casares en la prosa de Claudia Ulloa, mucho de Clarice Lispector y sobre todo un sustrato cultural en el que el Popol-Vuh y obras como Leyendas de Guatemala dejan una impronta en la que el mundo siempre es susceptible de mutar en escenarios en los que el mito acontece. La herencia del nahual crea una tensión sostenida en el tiempo que ordena que no soy hombre completamente. Soy prolongación de la fauna, de la esencialidad con la que se forman los animales mucho antes de ser consciente de que lo que vivo es el artificio de un sueño convenido por los dioses: «En las palabras laten la sabiduría, el entendimiento, la fortaleza, la ciencia, la piedad y el consejo. (…). Las palabras que condenan salen de la boca y desatan guerras. En la boca se guardan las mandíbulas de mordida despiadada y los dientes de nefasto veneno». (pág. 141)






