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El Comercio reseña los Cuentos de Bradbury

El Comercio

Por Ignacio del Valle.

https://www.elcomercio.es/opinion/ignacio-del-valle-proximo-cohete-marte-20251208235227-nt_amp.html

El próximo cohete a Marte

Los cuentos de Ray Bradbury seguirán con nosotros siempre, como las ruinas del planeta rojo, como los mitos griegos, conmoviéndonos, provocando reflexiones, maravillándonos acerca de lo que pasa y lo que perdura.

 

Hace poco leía un artículo acerca de cómo el metaverso podrá replicar la realidad. Hay empresas dedica­das a ‘escanear el mundo’ y proveer de recursos digita­les a los entornos virtuales: acantilados de hielo de Suecia, rocas areniscas de Pakis­tán, templos de madera ja­poneses… Luego están los motores de física, que repli­can matemáticamente lo que hemos aprendido en el mun­do físico. Y sólo hace falta ver el resultado para alucinar: la fotorrealidad o la simulación de fluidos en videojuegos como ‘Fortnite’ (cien millo­nes de jugadores mensuales), películas como la última (e infantil) ‘Top Gun’ o ‘Avatar’, o los paralajes en series como ‘The Mandalorian’. Aún que­da, porque replicar olas, o te­jidos que se arrugan, o simu­lar reacciones en cadena, o simplemente movimientos faciales sigue teniendo difi­cultades (aparte, la interactividad); no obstante, todos estos motores de simulación de la realidad ya fueron ima­ginados hace mucho por un hombre: Ray Bradbury.

La piel todavía se estremece cuando recuerdo el impacto que fue leer por vez primera ‘La Pradera’, un cuarto de juegos virtual para niños (y hablamos de 1951, que es cuando se publicó el cuento), que replica la sabana africana, con el proble­ma de que ya sabemos lo que merodea por una sabana. O ‘La larga lluvia’, una angustiosa expedición a Venus en la que los astronautas buscan desesperadamen­te un refugio bajo una lluvia constante que incita al suicidio. O ‘Marionetas S.A.’, una virguería en la que un marido se com­pra un sustituto virtual para engañar a su mujer. Todos estos relatos forman par­te de ‘El Hombre Ilustrado’, porque Bradbury ya lo imaginaba todo, ya lo anun­ciaba todo.

Ray Bradbury es un escritor de ciencia ficción que no lo apuesta todo a la trama, sino que escribe bien, y que cuando ha­bla de otros mundos habla de nuestra me­lancolía y nostalgia; cuando nos descri­be los desiertos marcianos, nos recuer­da el Dust Bowl de los años treinta en Amé­rica; cuando nos cuenta acerca de luga­res embrujados, nos remite a los veranos infinitos de la infancia y las ferias mági­cas. Bradbury habla siempre de nuestra ci­vilización, y cuando en las ‘Crónicas mar­cianas’ (1950) leemos el cuento ‘Ylla’, nos está relatando que esos marcianos que tienen ataques de celos (con monstruo­sas consecuencias) somos nosotros. Y cuando leemos el que posiblemente sea uno de los diez mejores relatos de la his­toria ‘La Tercera Expedición’ (el preferi­do de Borges), la manera en que los mar­cianos manipulan a los visitantes huma­nos es tan atroz, tan per­versa, tan literariamente brillante que ya nun­ca te acostarás sin pensar de vez en cuan­do quién es realmente el que está contigo en la cama. El mismo Ray Bradbury vino a decir que Marte no era un en­torno físico, sino una proyección cultural, in­cluso moral, un espacio para la redención y las segundas oportunidades, pero donde tam­bién se repiten los fracasos de la huma­nidad, su violencia, su racismo, su ego­centrismo.

Recuerdo a otro de los grandes, Stanislav Lem, en esa maravilla que es ‘Solaris’: «Nos internamos en el cosmos, prepara­dos para todo, es decir, para la soledad, para la lucha, la fatiga y la muerte. Evita­mos decirlo, por pudor, pero en algunos momentos pensamos muy bien de noso­tros mismos. Y, sin embargo, bien mirado, nuestro fervor es puro ca­melo. No queremos conquis­tar el cosmos, solo queremos extender la Tierra hasta los lindes del cosmos. Para no­sotros, tal planeta es árido como el Sahara, tal otro gla­cial como el Polo Norte, un tercero lujurioso como la Amazonia. Somos humanita­rios y caballerescos, no que­remos someter a otras razas, queremos simplemente trans­mitirles nuestros valores y apoderarnos en cambio de un patrimonio ajeno. Nos consi­deramos los caballeros del Santo Contacto. Es otra men­tira. No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que ne­cesitamos son espejos». Ray Bradbury viene a decirnos lo mismo, y si viviera hoy, haría relatos sobre teléfonos inte­ligentes que escanean el mun­do y que mezclan lo virtual con lo real, relatos sobre gru­pos de K-pop metahumanos, relatos sobre avatares que se casan con humanos, y todo serían manuales de instruc­ciones para comprendernos.

Los lectores que ya somos talluditos hemos crecido con Bradbury (y con Asimov, Ba- llard, Arthur C. Clarke…), y re­sulta delicioso reencontrarse con sus cuentos en otra de esas empresas tan aventureras como ambiciosas de la edi­torial Páginas de Espuma, que acaba de publicar un volumen con todos sus cuen­tos. Son 1.357 páginas en las que disfru­tar de alegorías tan deterministas como ‘La Guadaña’; artefactos terroríficos como ‘La Multitud’; venganzas bien meditadas como ‘Usher IT; o narraciones tan surrealistas como ‘El Tarro’. Los cuentos de Bradbury seguirán con nosotros siempre, como las ruinas de Marte, como los mitos griegos, conmoviéndonos, pro­vocando reflexiones, maravillándonos acer­ca de lo que pasa y lo que perdura. He­mos pasado de los gráficos del Super Ma­rio Bros a tirar 9.000 fotografías para es- canear cualquier objeto, y llegaremos a ver imágenes indistinguibles de la reali­dad. Pero el aliento contenido, los ojos como platos, las gotitas de sudor en la frente, el ‘cómo puede ser’ al leer el final de ‘La Tercera Expedición’ se quedará con nosotros hasta el final, igual que el último latido del último ser humano que respire en cualquier planeta.

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