Cuando era chica, mis padres tenían una biblioteca grande, con libros a ras del suelo. Hasta hoy los conservo así: muy abajo, porque quiero sentir que siempre puedo alcanzarlos; lo que está demasiado alto me resulta inaccesible. Cuando leí Corazón recuerdo haber sentido un temblor de alma. Corrí hacia mi papá, que me preguntó qué me pasaba al verme esa cara. Comprendí que él no sabía lo que yo había experimentado tras leer un libro: la conmoción. Toda búsqueda respecto a la memoria es para recrear ese instante de felicidad tan pleno, que sabemos irrepetible. Sin embargo, cada buen libro me genera la misma conmoción; me emociono de una manera inaudita.
También ha mencionado la influencia de su casa: su padre, maestro; su madre, secretaria. De algún modo, todo eso hizo que la casa se llenara de palabras y lenguaje. ¿Cómo era esa casa de palabras, ese universo en el que incluso ayudaba a su mamá con transcripciones y lecturas en voz alta?
Era raro para mí porque mi padre era profesor de inglés y yo no lo sabía. Además, él era palestino-peruano y mi madre, peruana-italiana, hablaba italiano con sus hermanas y dominaba la taquigrafía en el Banco Minero. Cuando hablaba por teléfono o se aburría, jugaba con el papel y creaba jeroglíficos de taquigrafía. Los idiomas de mis padres me resultaban inaccesibles, y yo aún no sabía leer. Sentía que el mundo de ellos se me escapaba, que era ajeno. Veía a cada uno en su universo: mi padre corrigiendo exámenes de inglés en la Escuela Naval y en el Icna, mi madre con unos signos que yo creía garabatos parecidos a los míos. Entendí que cada uno va por la vida con su propio lenguaje. Y me preguntaba ¿cuál sería el mío? Recuerdo que, a los nueve años, después de leer Corazón, le dije a mi madre: “Quiero ser escritora”. Lo entendí clarísimo: si tú tenías tu mundo propio de palabras, era algo personal que los demás no podían descerrajar. Ese sería mi cuarto propio. No tenía un cuarto real, pero sí un cuarto propio: “mi propio lenguaje”.
¿El lenguaje era su cuarto, su lugar seguro?
Exacto. Mi lugar seguro, y lo sigue siendo hasta hoy.
A los nueve años ya quería escribir. ¿Cómo empezó a materializar ese deseo? ¿Cómo fueron esos primeros textos?
Tenía un diario en el que contaba lo cotidiano: fui al cine, fui a nadar, me pusieron mala nota en matemáticas. También escribía intimidades que quería esconder, como los dolores de la infancia: “mis padres se pelean, mis padres se pelean”. Y mi deseo de ser grande: “quiero ser grande para irme de esta casa”. De niña entiendes que no puedes cambiar tus circunstancias, pero sueñas con cambiarlas de mayor, quizá con ayuda de otros. Ese deseo de fuga lo escribía allí. A los 16 años escribí un cuento en el colegio y me mandaron a la psicóloga: mis profesores no eran capaces de entender la ficción, lo tomaron literalmente. Sin embargo, el colegio tenía una biblioteca maravillosa; allí leía mucho. Esa biblioteca me cambió la vida: era un refugio, un espacio de contemplación y calma. Cuando mi mundo se venía abajo, la lectura me quitaba la ansiedad.
Después viene la vocación literaria. Encontrar la propia voz siempre es lo más difícil, pero usted la halló en textos breves, en esa mezcla de estallido y silencio. ¿Cómo se sintió cómoda en ese registro?
Distingo dos etapas. Una primera, muy experimental, entre los 27 y los treinta y tantos años. Luego, otra al llegar a Buenos Aires a estudiar una maestría de escritura. Yo venía del periodismo, y la maestría me dio un sistema de lectura y una conversación más latinoamericana, lo que cambió mi escritura. Más tarde, cerca de los 47 o 48 años, hubo otra transformación. Pasé de una escritura más elíptica a otra menos elíptica; los temas también cambiaron. Ahora me interesa mucho hablar de parejas, relaciones, vínculos extendidos más que de la familia nuclear. Mi escritura ha tenido etapas de oscuridad y ahora, con el humor que ha entrado, voy hacia la luz.
En una ocasión dijo: “La escritura nunca es inocente, pero no causamos daño”. ¿Cómo construye la psicología de sus personajes desde esa mirada?
Escribir es pensar al otro, insuflarle alma. Para crear un personaje acepto mi propia inteligencia y sensibilidad, porque quiero personajes inteligentes y sensibles, pero también capaces de la mayor oscuridad. Me interesan los personajes ambiguos y contradictorios: serenos y ansiosos, amorosos y rabiosos. Digo muy poco sobre ellos; prefiero mostrar a través de gestos, palabras, diálogos cargados de malentendidos. Allí se juega su profundidad.
¿La familia es uno de los ejes transversales de su obra?
En la vida real necesitamos a la familia: es nuestra casa. Pero en la escritura pienso qué pasa si hay intemperie, aunque sin perder la dignidad. En mi último libro ya no aparece tanto la familia nuclear, sino la extendida: amigos, parejas, barrios, ciudades. Lo familiar me interesa porque es político. Allí aprendemos jerarquías, ternura, poder, y todo eso puede perderse en un instante.
¿Qué aprendizajes le dejó escribir Geografía de la oscuridad sobre los vínculos familiares?
Que si tu propia familia te hace daño, hay que irse de allí. No debemos permanecer en la cárcel, aunque salir requiere pedir ayuda. He aprendido que el acto de mayor valentía es saber cuándo abandonar una relación dañina y romper el ciclo de complicidad. El dolor puede volverse costumbre, y justamente por eso es tan difícil dejarlo.
Sus libros conversan con el mar, la infancia, la memoria, el olvido. ¿Son puertos de retorno inagotables?
Vivo en Buenos Aires, rodeada de agua dulce, pero provengo de Lima, ciudad de mar salado. Siento que mis paisajes se unen en un “paso de nivel” entre ambas aguas. Esa confluencia me permite descubrir nuevas metáforas y modos de narrar.
También transita entre géneros: cuento, novela, literatura infantil. ¿Su escritura es anfibia?
Sí. Mi método es la apnea: me sumerjo hasta donde duele y emerjo con lo escrito. No hago microrrelatos, sino novelas, cuentos, literatura infantil, pero mi escritura se fragmenta y se reconstruye como el nadador de Cheever, que avanza de piscina en piscina hasta llegar a casa. Mi casa es la escritura, aunque aún no sé qué habrá en la última habitación.
En Un nombre para tu isla se percibe la estructura de un viaje, como un vuelo: despegue, turbulencia, aterrizaje. ¿Cómo llegó a esa metáfora y qué significó en su proceso como escritora?
Lo que aparece es la necesidad de ceder el control. Como personas ansiosas, escribir es un gran ejercicio de soltar. Yo pensaba cómo poner a prueba los vínculos cuando están bajo la tensión del tránsito, de un pequeño viaje hacia las vacaciones. Y me surgía la gran pregunta filosófica: ¿qué hacemos con el tiempo libre?, ¿por qué en esta era de hiperproductividad no sabemos disfrutarlo? Terminamos dedicando el tiempo libre a resolver pendientes: “hoy que tengo libre voy al doctor, pago esto, hago aquello”. Como si el ocio no fuera un derecho por el simple hecho de haber nacido. También pensaba en la situación de las clases medias en Lima y Buenos Aires, pero en general en Perú y Argentina trabajamos muchísimo para tener apenas una o dos semanas de vacaciones al año, y ese tiempo nos cuesta carísimo, tanto en lo económico como en lo psíquico. Más aún si hay hijos, si la pareja tiene un trabajo precarizado. Todo eso carga de tensión el tiempo de descanso. Además, muchas veces las parejas terminan hablando solo de pendientes, se vuelven conversaciones funcionales, y nada me parece más antiescritura que hablar únicamente de lo funcional. Por eso quise buscar personajes que conversaran de lo que realmente importa: cosas ligeras y profundas a la vez, calibrando la ligereza con la hondura, y con risas. Quería que mis personajes rieran mucho.