Por Paula Conde.
FUENTE: Revista Ñ
Mariana Enriquez y las claves del miedo argentino: “El terror es un género muy apropiado para este momento”
- La escritora presenta Conversación con la oscuridad, una obra que reúne años de clases y reflexiones sobre el terror y la literatura gótica.
- El volumen funciona como una síntesis personal y una retrospectiva sobre sus obsesiones narrativas.
- En su mirada, los escenarios cotidianos y los espacios abandonados se convierten en un territorio fértil para retratar lo siniestro en estas tierras.
A Mariana Enriquez los fantasmas le interesan más que los animales extraordinarios que la rodean en Tasmania, la isla australiana donde vive. No es que ese bicho que lleva por nombre «demonio de Tasmania» (llamado así porque los primeros colonos atribuyeron el agudísimo grito que emitía al mismísimo diablo), sino porque esa zona particular que ella habita desde hace un tiempo también tiene sus propios fantasmas tan interesantes como los de acá: por ejemplo, las ruinas de la cárcel de Port Arthur, de máxima seguridad en el siglo XIX. En Mariana, hay una forma de mirar el mundo que, después de tantos años de práctica, ya le sale natural: buscar lo siniestro detrás de lo cotidiano, los restos que todavía no existen, los monstruos que, tal vez, hemos aprendido a reconocer sin que nadie nos los presente. El terror y, en particular, el gótico son para ella una manera de contar la realidad. No tanto de traducirla en metáforas como de describirla en formas inquietantes. Porque la Argentina que conoció de chica, el Lanús de los años 70 y 80, con sus violencias, sus supersticiones y sus heridas históricas, ya tenía bastante de escenario gótico antes de que ella empezara a escribir ficción.
Enriquez creció leyendo a Stephen King, entre otros, pero entendió que para hacer terror no hacía falta importar castillos, tormentas y vampiros de otras latitudes. Había que mirar alrededor: los desaparecidos, las cárceles clandestinas escondidas en lugares que parecían amables, los santos populares, las ofrendas a la Difunta Correa en las casas del Conurbano. También ahí había un repertorio de imágenes capaces de provocar espanto. El horror no estaba necesariamente lejos, en un territorio exótico o sobrenatural, sino a la vuelta de la esquina, en la memoria familiar, en una casa abandonada, en un espacio urbano que había sido otra cosa.
Esa mirada, que convirtió a Enriquez en una de las voces más reconocibles de la literatura argentina contemporánea, también encontró otras formas de circulación. Este año, La Virgen de la Tosquera, adaptación cinematográfica de su universo narrativo, quedó entre las precandidatas al Oscar a Mejor Película Internacional; Mis muertos tristes, la serie de Netflix de la que participa como productora ejecutiva, se ubicó entre los títulos más vistos de la plataforma, y el libro Nunca cruces ese umbral (Anagrama), con ilustraciones de Santiago Caruso, propuso un nuevo encuentro entre sus cuentos y las imágenes. La obra de Enriquez se mueve de la página a la pantalla, de la palabra al dibujo.
A esa constelación se suma ahora Conversación con la oscuridad. Teorías, intuiciones y escritura del miedo (Páginas de Espuma), un libro que reúne y organiza años de lecturas, clases, conferencias y reflexiones sobre el terror y el gótico. Más que un tratado académico, Enriquez lo concibe como una síntesis personal, un mapa de las relaciones que fue descubriendo de forma fragmentada entre la ficción, la política, los cuerpos, los monstruos y las formas particulares del miedo en América Latina. El volumen, armado a partir de materiales que la escritora venía trabajando y que la académica mendocina Inti Soledad Bustos ayudó a desgrabar y sistematizar, funciona también como una retrospectiva: una manera de volver sobre sus propias obsesiones y reconocer los caminos que la llevaron hasta ellas.
La conversación con Ñ ocurre por videollamada, un martes 13, fecha que parece elegida por alguien con sentido del humor gótico. Desde Tasmania, Enriquez habla de las ruinas del futuro, de la obsolescencia humana frente a las máquinas, de los espacios abandonados y de la historia argentina como una cantera inagotable de horrores. También defiende el género frente a quienes todavía confunden lo popular con algo frívolo y superficial: el terror puede entretener, sí, y, al mismo tiempo, poner en escena las angustias de una época saturada de incertidumbre y violencia.
–Por tramos, el libro se asemeja más a un texto teórico que a un ensayo. ¿Había una necesidad de sistematizar en Argentina una especie de teoría del terror, y específicamente del gótico como es en tu caso, que son temas que, como contás, accediste siempre de forma fragmentada?
–Un libro de crítica literaria no, porque yo no tengo la formación para eso. El libro surgió, básicamente, a partir de charlas que di, clases, conferencias, entrevistas también, pero, sobre todo, clases, muchas clases online, zooms y muchas charlas. O conferencias abriendo festivales o charlas públicas. Y fue Inti Bustos, académica mendocina, la que venía siguiendo este tema. La idea fue de ella, de desgrabar y sistematizar. Lo que tiene más de teoría tiene que ver con teoría literaria, digamos entre comillas, tiene que ver con decisiones y sistematizaciones que armó ella en ese sentido, que acomodó, que vio hilos y relaciones. Es el crecimiento de cosas que yo venía pensando a partir de toda una acumulación de charlas durante muchos años en los que yo iba ampliando bibliografía, ampliando referencias, ampliando relaciones con la política, relaciones con otra literatura. Y en ese armado quedó este texto que, por supuesto, después corregí. Es un texto mío mediado.
–Pero también mencionás que había una vacancia de esta teoría aplicada a nuestra latitud. Que el género de terror, en general, lo vinculamos a castillos medievales de Europa, pero que en Argentina tenemos nuestro propio material para hacer terror y, en tu caso, específicamente gótico.
–Se está produciendo bastante en universidades. Pero una cosa es que se produzca en las universidades y otra cosa es juntar lo que piensa un escritor en el armado de su ficción y las teorías, las intuiciones y los libros a los que va echando mano para poder pensar su propia ficción. Yo no lo pienso como un libro definitivo, ni prescriptivo. Lo pienso como el camino que yo fui encontrando en teorías, en otras ficciones, en un montón de cosas que en muchos casos se superponen y coinciden con cosas que están escribiendo y trabajando otros escritores y cosas que está escribiendo la Academia sobre estos escritores. Empezó como un corpus, el cuerpo que yo fui encontrando. En muchos sentidos sí veo coincidencias y superposiciones y cosas que se pueden relacionar a cuestiones que tienen mucho que ver con el terror que se escribe en América Latina, pero casi por una cuestión lógica, porque yo escribo desde ahí, yo estoy ahí, yo leo a mis compañeros, entiendo de dónde pueden salir ciertas cosas o tengo mis intuiciones, pero no lo pienso como una prescripción para todos. Es mi mirada.
–Cada capítulo, o «vértebra» como está publicado, aborda un tópico en sí y desarrolla un camino teórico, tuyo, personal, de lecturas fragmentadas, como remarcás. El libro, de alguna manera, junta todos esos fragmentos.
–Sí, es como un manual. O sea, para mí, era una síntesis de todo eso que tenía disperso, una forma de pensarlo todo junto al armarlo, pensado con sus continuidades y con eso de cómo divido en el gótico, el cuerpo, los monstruos, era hacer para mí una especie de síntesis de un montón de cosas que venía pensando. Creo que era el momento de hacerlo. Es un momento donde tenía todas estas cosas de las que venía hablando mucho y que estaban también apareciendo en los textos, me parece que ya era el momento de bajarlas a tierra, de ponerlas por escrito y que funcione como una especie de bisagra y de síntesis también para mí.
–¿Es, de paso, una retrospectiva de tus obras y de tus lecturas?
–Desde ya. Sí, es una retrospectiva, una mirada de cómo y cuándo empecé a pensar en esos primeros textos y después cómo fue creciendo, cómo fueron creciendo las referencias. Como lo fue también Archipiélago, que es más sobre literatura en general. Esto es como superespecífico, pero sí, es como un momento de retrospectiva. Quizás tengan que ver con cuestiones de la vida cotidiana, con que me mudé de país.
–¿Qué fantasmas habrá en Tasmania, que tiene un nombre como de ciudad… gótica?
–Se llama así por el mar de Tasmania y es una isla. Y es raro. Está cerca del continente y de las grandes ciudades, está superconectada, pero, al mismo tiempo, hay poca gente. Las ciudades son muy urbanas, pero también tienen mucho espacio poco explorado. Y tiene la primera colonia penal de Australia. Así que a Tasmania vinieron los primeros presos y tuvo también las primeras masacres indígenas. O sea, esto es como la zona del paciente cero de Australia. Tiene una supercárcel en el sur, que es Port Arthur, ahora son las ruinas de la cárcel, de la primera cárcel y la más grande de la colonia penal. Es bastante impactante.
–Muy conectado con los espacios abanados que aparecen en tus cuentos. Lo terrorífico aparece, y esto lo mencionás en el libro como una característica importante del género, en escenarios reconocibles: una casa, un barrio, una fábrica abandonada. ¿Por qué lo cotidiano resulta un territorio tan fértil para lo siniestro?
–Es terrible, pero es una forma de mirar, un punto de vista. Acá, en Tasmania, por ejemplo, a otros les llaman la atención los animales: el demonio de Tasmania, el tigre de Tasmania. Hay un montón de bichos que no existen en ningún otro lugar del planeta, y que es una locura. Plantas que solo existen acá, ni siquiera en el continente australiano. Hay toda una militancia ecologista increíble. Y yo de lo primero que te hablo es de los fantasmas, porque es una forma de mirar, después de tanto tiempo de mirar para el mismo lado. Es mirar mucho las cosas desde ese punto de vista y hacer una lectura de las cosas con ese marco y con ese punto de vista que a mí, personalmente, me sale natural.
–¿Por qué no hablar del gótico como una metáfora de la realidad, sino como de una descripción?
–El terror y el gótico es un género de ficción, literario, cinematográfico, artístico, que en algunas de sus formas, sobre todo el gótico, no es exactamente una metáfora, pero sí una descripción, un reflejo, una forma de entender, una forma de interpretación de la realidad desde la ficción, con signos y atmósferas. Pero yo defiendo mucho el terror como un género que tampoco está siempre cerca de eso. O sea, el terror en sí, el terror puramente paranormal en plan fantasmas, lo que refleja también es algo muy real, que es el miedo a la muerte, a lo desconocido. Y no necesariamente es una metáfora de la realidad social, política. En ciertos textos de terror (sean literarios o audiovisuales) que hablan de cuestiones del horror corporal, por ejemplo, no es que en algún punto lo podés pensar como política, en el sentido del control de los cuerpos, pero es muy real. Al mismo tiempo, el cuerpo es algo que te da miedo de que sea vulnerable. También tiene que ver con lo psicológico, con el inconsciente, con la pesadilla, con el tormento propio. No es que el escritor, en estos casos, esté reflejando la realidad, sino que está reflejando su cabeza. El terror abarca muchísimo. Yo elijo esto y por eso reflexiono mucho más sobre esto e hice estas conexiones. O sea, yo sí pensé el gótico como las ruinas de la industrialización, o las ruinas del consumo, como el shopping mall abandonado. Son espacios que se quedan vacíos porque compramos por internet o no tenemos plata, pero es un espacio fantasmal. El gótico funciona en ese sentido. Es como la ruina que habla, que le habla al pasado cuando fue otra cosa y, también, tiene un germen del futuro que podría llegar a ser.
–Hay una frase en el libro que dice: «El ser humano es una figura gótica que será reemplazado por la máquina». Lo decís en el marco de un incipiente gótico digital. Pero aparece el ser humano como una figura gótica.
–Es que, en este momento, está presente la obsolescencia del ser humano. Antes tenía que ver con la muerte, te morís y listo.
–¡¿La obsolescencia de la vida?!
–Una obsolescencia en el sentido de que, bueno, ya existe algo que puede hacer un montón de cosas mejor, poner en marcha un montón de cosas también. Quiero decir, podría haber ciudades enteras que estén dominadas por mecanismos y no por personas, y eso es supervertiginoso y, por supuesto, te hace ver tu propio cuerpo como algo del pasado.
–Todas las vértebras/capítulos abordan diferentes temas –espacio, tiempo, cuerpo– aplicado al gótico de nuestra latitud, nuestra geografía, nuestra historia, nuestras leyendas urbanas. Y hay un tema que condensa todo esto que es nuestra historia reciente, la dictadura.
–Cuando yo empecé a escribir terror, como muy fan de Stephen King que soy, me pregunté: qué hace este tipo. O sea, qué hace más allá de la de la técnica de escritura. Pensaba en Carrie, qué hace con Carrie. Agarra cosas muy norteamericanas del bullying que en ese momento prácticamente era como una burla en la escuela, pero no el bullying como es visto ahora. Después, esa cosa de la secundaria, que en mi época no existía, de la ceremonia de graduación, que es muy gringa. Toma eso, toma una masacre escolar, que cuando lo escribió no existía tampoco. Pero sí existían los crímenes masivos de un tipo disparando para todos lados y que después fue superprofético, que a mí me parece una cosa escalofriante que un escritor le pueda pasar eso, porque no solo es profético de los asesinatos en los colegios, sino que son un montón de masacres así. El tipo lo escribe cuando no pasan todavía. O sea, yo estaría loca si fuese así de profética. Y toma el fanatismo religioso, porque la mamá de Carrie es una fanática religiosa. Él toma tres cosas muy de la cultura cotidiana norteamericana y con eso hace terror. No es de terror con los castillos, las brujas, los vampiros, la tormenta, el estupor mundano. Y después la película de Brian de Palma tiene a Travolta entre los protagonistas, es superpop. Es un artefacto muy potente. Entonces, lo que tengo que hacer es pensar qué son esas cosas en Argentina, los grandes fantasmas, las cosas que nos dan miedo, la violencia urbana, la dictadura y los efectos de la dictadura. O sea, ahí tenía algo. Tenés como todo servido, los desaparecidos, el trauma generacional, las cárceles clandestinas metidas adentro de la ciudad.
–En lugares lindos, remarcás.
–En lugares lindos. Como la ESMA, que es todo un parque. O Mansión Seré. El Olimpo, con ese nombre. Otros no, pero son claramente góticos, tipo El Pozo de Banfield. ¿Y cómo aparece eso? Porque a mí me apareció cuando yo era muy chica en el Nunca Más. Yo tenía 12, 13 años. Vos tenías en la ciudad, cerca, el Pozo de Banfield. Cuando vamos a la casa de mi tío en Temperley, pasamos por ahí. Banfield era nada o era el lugar de Sandro. De pronto se convierte en lugar donde un pozo chupaba gente que después no se veía más. Entonces empecé a pensar todos esos elementos, los llamados factores de presión fóbica de una sociedad, que son los que dan miedo. King vio esto en Carrie, los jóvenes violentos en la secundaria. El fanatismo religioso que la gente se enloquece. Y yo dije: bueno, a ver cuáles son los nuestros. Y por una cuestión hasta de historia personal, de gusto y de interés empecé también a incorporar bastante del folclore nuestro, de los santos populares, pero porque es algo con lo que convivimos todos, con la cintita colorada del Gauchito, las chicas jodiendo «qué le hacen al flaco», así le dicen a San La Muerte. Cuando era chica, las Difuntas Correas en las entradas de las casas conurbanas era una cosa supercotidiana y medio siniestra. Me acuerdo de preguntar. Cuando veía a la Difunta Correa tirada, yo pensaba que era una virgen tirada con un bebé. Luego te explican que ya está muerta, que es un milagro, el bebé tomando leche de la teta de la muerta, es un espanto, un horror. En ese sentido, fui configurando esta idea del gótico local. Los escritores del terror evolucionan y ven cuáles son los equivalentes a esos arquetipos en nuestra cultura contemporánea.
–En el libro, decís que el terror muchas veces está asociado a un género de divertimento como una manera de bajarle el precio. Y, sin embargo, atraviesa un auge tanto en libros como en series y películas, y en tu caso con adaptaciones al cine, a plataformas y, también, un libro ilustrado.
–Hay un momento bastante masivo, no solamente con mi caso. Hablando de Stephen King, no paran de hacer remakes de cosas que, tal vez, no hace falta. Pero también hay nuevas películas de terror a las que les va muy bien, como Backrooms y Obsession, que la rompieron el año pasado y son, además, muy buenas, mejor que otras prestigiosas y hablan de cosas más interesantes también. Creo que la confusión siempre fue pensar que lo entretenido o lo popular es frívolo, liviano, cuando lo entretenido, lo popular, puede ser muy serio y hablar de cuestiones muy serias. Pienso en Osvaldo Soriano, un autor superpolítico, en María Elena Walsh, también superpolítica. Hay un prejuicio que es clasista: esto de si le gusta a la mayoría, no puede estar bien. Hay un montón de cosas que le gustan a la mayoría que son una porquería, pero también al revés. El género de terror, en este momento, pegó una especie de buena interpretación de las angustias que está viviendo la gente, no necesariamente de la realidad, sino de cómo se percibe la realidad, con muchísima angustia e incertidumbre, con mucho vértigo, con sobresaturación de información, estás como violentado. De alguna manera, necesitás ese escape catártico, por un lado, y también entretenido. El terror es un género muy apropiado para esos momentos, porque se ofrece en la ficción, en ese sentido, estás relajado, sabés que vas a un lugar seguro y, al mismo tiempo, a un lugar donde trabajar angustias y tensiones.






