Por Manuel García Pérez.
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Oralidad y vanguardia en Tres maneras de decir adiós, de Clara Obligado
Lo que consigue Clara Obligado es reivindicar la relevancia ancestral de la sororidad a través de unos cuentos, cuya estética no renuncia a la versatilidad de la vanguardia.
Cuando hace dos años reseñé en esta sección su ensayo Todo lo que crece. Naturaleza y escritura, me encontré con una autora que había interiorizado perfectamente el trasunto chamánico del concepto de crear, sus dimensiones cabalísticas y simbólicas. En cada línea asomaba esa concepción demiúrgica de la palabra como expresión de la divinidad y engendradora del mundo del pensamiento a través de los signos.
Publicado también por Páginas de Espuma, los relatos de Tres maneras de decir adiós refiere la historia de una estirpe que se apoya en la sororidad como única manera de supervivencia, pues la realidad física y emocional que les ha tocado vivir se caracteriza por su hostilidad, especialmente para quien solo quiere vivir en la plenitud gozosa de las pequeñas cosas del presente; quizá enamorarse.
Se trata de biografías interconectadas por la consanguinidad, donde la violencia, la hostilidad ante el extraño y el extranjero, los enamoramientos insalvables o la sabiduría de los espíritus inspiran un relato en los que Clara Obligado no renuncia a utilizar toda clase de registros y estéticas. La intensidad de las acciones y la pulcritud con la que su lenguaje obra en cada línea refuerzan esa poética que yo advertí ya en su ensayo. Nada puede ser artificioso en un texto que ahonda en un intento de explicar el alcance de las emociones humanas, su raigambre, su irracionalidad, su bonhomía también.
El primer cuento, «El héroe», indaga en la violencia atávica y congénita de algunas sociedades. La llegada de Nico y su madre al pueblo de sus orígenes intranquiliza al entorno. Las creencias de la madre inspiradas en el altruismo y en la solidaridad social como nexo de unión para las sinergias se encuentra con una oposición social dentro de la comunidad, donde, pese a las relaciones amigables que la mujer va estableciendo según pasan los días, los prejuicios ancestrales siguen ahí, perpetuándose en una clase de superchería atávica. La violencia se ceba contra quien no participa de esa endogamia cultural: «Nico entre hombres: broncíneas lanzas, mazas, peplos, cemento, palas, camisetas, sudor. Telémaco en pijama. Voy a recoger su habitación, cuando doblo su ropa algo cae y rebota y rueda. Es una bala». (pág. 15)
La pérdida de la inocencia, la oposición significativa entre mal radical e ingenuidad y la épica de la Odisea como trasfondo premonitorio de lo que ha de suceder en este relato permiten que la escritura de Clara Obligado penetre en varios mundos narrativos al mismo tiempo. El de las desapariciones, el regreso a Ítaca por parte de Odiseo y el despertar a una madurez emponzoñada por parte de Nico se imbrican para lograr una reivindicación manifiesta del matriarcado como fuente de nuevos estímulos en los que la superstición y el homicidio como forma de ejercer la justicia no tienen cabida.
Pese a la carga de lirismo de algunos párrafos, destaca el valor que la escritora le da a la oralidad para que el relato se construya desde una experiencia interior que ha de ser ejemplar (no sé si moralizante) para quienes lo leen. Asimismo sucede con el segundo cuento, «Tan lleno el corazón de alegría», en el que el enamoramiento y las segundas oportunidades son el motor de la acción de unos personajes cuya nómina se ha hecho más extensa y donde (creo) la sororidad es más relevante. Obligado deja claros dos horizontes de lectura completamente distinguibles. El primero se refiere a esa consolidación de las emociones que permiten la empatía y la piedad frente a una negación de esos sentimientos por parte de un patriarcado que se define por su pragmatismo.
La inteligencia creativa de Obligado permite que haya una continuidad de personajes, pero ahora el tono se aproxima al melodrama, con una visión posromántica y decadentista que recuerda a novelas como María, de Jorge Isaacs, y a personajes emblemáticos de La casa de los espíritus, como Clara del Valle: «Veo a los muertos del pueblo como te veo a ti. Los veo, los confundo con los vivos, converso con ellos. este pueblo es Comala, yo soy Juan Preciado (…) Sé también que las vías del tren las colocaron presos esclavos. Sé demasiadas cosas. Pero hay algo que no sé: cuándo se termina una tragedia» (pág. 47).
Se introduce de forma significativa el elemento de las apariciones, madres y abuelas fallecidas que interpelan, aconsejan y tratan de guiar a sus hijas y nietas. Lo mejor de todo es que Obligado lo hace de forma sutil, como un artificio que consolida esa estética escapista, pues no resulta extraño al lector ese diálogo entre vivos y ausentes, como si ese matriarcado fuese un personaje en sí mismo, un flujo de luz permanente que surge de la nada para tratar de que los suyos (en este caso, las mujeres) aprendan de la vida sin renunciar al daño o al sufrimiento, pero sin caer en la locura o en la ceguera de la ira: «La carne viva del viejo dolor: tu pareja y su desaparición, la soledad, el año de duelo en un pueblo perdido. Hace ya tanto. Pero este tiempo no pasa, está clavado en el sentido contrario del tiempo». (pág. 76).
Y sigue presente la figura de Odiseo, su sabiduría, la razón de su viaje que no es otra que vivir intensamente la hazaña, hacerse héroe a partir de las inclemencias. Así la biografía de quien se ha enamorado de un hombre nuevo se basa en las incertidumbres, en el miedo a repetir los errores y volver a ser espoleada por el fraude del engaño y la ruptura. Aquí la escritura se convierte en una tabla de salvación para la narradora: » Escribir es cantar y fantasear con la eternidad, escrutar la muerte, la tuya, la de todos. Sentir pena por tu propia ausencia, llorarte» (pág. 69).
En el último relato, «El idioceno», Clara Obligado hace uso de una libertad creativa arrolladora. Frente a ese final apesadumbrado del enamoramiento de Lyuba, este relato es una demostración narrativa de cómo los límites canónicos del cuento se pueden rebasar. La crisis de un triángulo amoroso entre Adina, Jan y Mijaíl se convierte en un despliegue de imágenes surrealistas donde la muchacha habrá de experimentar el alcance funesto de un amor dentro de una realidad cambiante en la que los niños se atiborran a cereales y flotan sobre las cosas hasta que revientan con el calor, semillas que intentan asirse a la vida, árboles de hielo, pájaros que migran hacia la nieve. Esta enumeración de realidades imaginarias son analogías que Obligado encuentra para revelar los vaivenes sentimentales de un amor no correspondido, de las dudas que se generan cuando la entrega de uno hacia el otro hace aguas en la pareja, de un embarazo que intenta prolongar la inmortalidad de cada uno de estos personajes sobre la faz de la tierra.
Es la pintura la que ahora ha hecho mella en la cuentística de la autora: » En el baño, la plantita, oculta en la caja de cereales, se contoneaba llena de vitalidad, cada vez que la sacaba de su cárcel para que tomara el aire parecía expandirse» (pág. 126). Tiene uno la sensación de estar atravesando los vericuetos de un cuadro de Remedios Varo o Frida Kahlo: «Nunca había visto por allí a ningún niño oscuro. En los callejones aparecían algunos temblando de frío y morían, a veces, atravesados por un carámbano que se descolgaba de una cornisa y los sorprendía durmiendo» (pág. 120) El surrealismo para Obligado es un lenguaje que supera los límites de lo racional para vérselas nuevamente con las inquietudes más profundas que aturden, pero que también nos reconcilian con la vida. Por supuesto, también con esa conversación ininterrumpida que la protagonista sigue manteniendo con su abuela, como si, de alguna forma, la autora supiese que no basta el lenguaje para acercarnos a una verdad estética que hace más amable nuestro tránsito por este mundo.






